martes, agosto 10, 2010

Somos educados para perder la creatividad


  La frase que da origen al título de este artículo pertenece a Ken Robinson, un experto en educación y arte, que fue ordenado caballero en Inglaterra por su contribución al sistema educativo, debemos llamarlo, por lo tanto Sir Ken Robinson. Tengo el prejuicio de pensar que los "Sir" son tipos engolados, pero este es uno de esos casos (hay varios) en que la Reina de Inglaterra hizo una concesión al buen humor, o a lo mejor ni se enteró y es un simple error del sistema.



Hace unos días envié un link de Youtube a toda mi familia para que vieran el vídeo "¿Matan las escuelas la creatividad?" del citado Sir. Encontré que debía hacerlo urgentemente dado que ya hay una nueva generación que aún no llega a los 8 años, por lo tanto se encuentra en alto riesgo de que les maten el espíritu creativo y les conviertan en niños adecuados, es decir, mediocres. 



La tesis de Ken Robinson es que el sistema escolar tiene una escala de importancias en la que el arte y la creatividad están en el fondo y otros conocimientos como las Matemáticas en el ápice superior, es decir hay una tesis implícita de lo que es más valioso. La creatividad no está considerada como valiosa, por eso el invaluable capital que todo niño trae, sale muy devaluado al terminar sus estudios. No sé si este proceso de castración imaginativa alguna vez tuvo sentido. Me inclino a pensar que no, pero podría comprender que en un mundo estático, monótono, repetitivo, el imaginativo-inquieto moleste. Niños o personas tabarra, que no dejan de dar vueltas e incordiar, pero lo curioso es que hoy la situación es absolutamente opuesta. Nada es estático, es necesario estar permanentemente inventando, descubriendo nuevas fronteras. Necesitamos imaginación.

Es difícil encontrar una organización que no se plantee la necesidad de estar diferenciándose, descubriendo nuevos productos, servicios o modelos de atención que establezcan un grado de originalidad, que ofrezcan un valor que otros no ofrecen. En ese discurso hay una llamada a lo distinto y sin embargo, tendemos a una forma de dirección que trata de normalizar, de estandarizar, de hacer que las personas se comporten "adecuadamente". Hay aquí una contradicción.


Hoy las organizaciones no son lugares a los que lleguemos con conocimientos que nos sirven por años y los vertamos en nuestro quehacer hasta quedarnos obsoletos o vacíos, esa vieja idea ya no funciona. Trabajar supone actualmente encontrarse en un proceso de aprendizaje permanente. Tenemos referencias, algunos conocimientos, experiencias, pero cada día estamos obligados a capturar nuevo saber para poder hacer lo que tenemos que hacer con una mínima competitividad. 


 En suma,  las organizaciones modernas son lugares en los que seguimos aprendiendo. A la vez, sabemos que el aprendizaje requiere de algunas condiciones para que sea efectivo, que haya ambientes propicios, es decir que se pueda experimentar, decir no sé, equivocarse, que quienes saben más tengan la voluntad de compartir y la capacidad de mostrar o dar orientaciones, que impere la confianza y el afecto. 


Esto suena muy bien, pero la verdad es que es excepcional encontrar grupos de personas en las que esta idea esté instalada, fundamentalmente porque los directivos no se saben mover en estas coordenadas. No saben serlo si no tienen un estatus que les defienda de este posible caos y reglas para poner orden y que haya silencio. Lo malo que este silencio no es el que precede al amanecer, es un silencio coercitivo que viene del temor.


Una de mis actividades más recurrentes es la impartición de talleres y una de las normas que suelo poner es que el resultado de las dinámicas de grupo sea expuesta por un portavoz, que no sea jefe. La gente obedece, pero cuando observas lo que pasa en el grupo es común que si hay un jefe sea el que más hable, que el resto se retraiga. Y eso indefectiblemente significa que no hay confianza para decir lo que piensan, que no pueden contradecir al jefe, que no está permitido equivocarse, justo las características contrarias a las deseables para un ambiente de aprendizaje.


Imagínense si a esto le sumásemos que en ese aprendizaje fuesen además creativos, que buscasen ideas nuevas, que se atrevieran. Pocos grupos lo lograrían. Quiero poner en esto, una vez más la responsabilidad en quienes dirigen las organizaciones, porque no es difícil deducir que para que perduren con éxito y agreguen valor a la comunidad, los directivos deben ser expertos en desarrollar a otros, en fomentar ambientes de aprendizaje, en estimular la creatividad logrando que si se perdió en el proceso de la educación formal, la organización sea un territorio de recuperación.


En estos días daba cuenta en mi blog de una conferencia que Marco Antonio de la Parra dio dentro de una de las consultorías que dirijo. El proponía instalar en las empresas una "sala de locura" donde las personas puedan expresarse sin limitaciones, romper esquemas, sacar el grito que sigue escondido en el niño que aún llevamos dentro, el que no tiene lastres de lo aprendido y quiere inventar.



Dirigir desde esta perspectiva supone lograr que el grupo de personas destinadas a construir el futuro de la organización no respondan al terrible verso del gran poeta mexicano José Emilio Pacheco, que dice "ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los 20 años"

1 comentario:

Juan Vera dijo...

Me escribe Marcelo Krynski el siguiente mail al recibir la columna de El arte de Dirigir que reproduzco en este post. Copio textual

"Querido Juan,

Una vez más gracias por tu compartir

Te estoy leyendo en medio de una Jornada General de nuestro programa de Formación en Coaching Ontológico Profesional.

En estos tiempos fui encontrando algunas pistas respecto de lo que planteas y quiero compartirlas contigo.

1. Que el abordaje de coaching ontológico apunta al “poder de” y no al “poder con”
• Creo la irreverencia para disentir surge cuando lo que tenemos por lograr juntos es más grande que los caprichos personales. Mi impresión es que en las organizaciones, la cultura del salvar el propio pellejo está bien instalada y por lo tanto requeriremos la frescura de los nuevos niños.
• Creo que es interesante mirar esto que tu planteas a la luz de la cantidad de niños con distintos problemas tanto físicos como emocionales y espirituales que nos están dando señales de que nuestras escuchas están bastante sordas del mundo que se viene.
2. Creo también que el punto no pasa tanto por el aprender sino por ver qué hacemos con lo que ya sabemos y no respetamos o no usamos de la manera en que lo aprendimos. Se me ocurre que no es necesario que aclaremos a los automovilistas que el semáforo con luz roja significa detenerse, con luz verde avanzar y con amarillo ir frenando. Lo que observo que resulta imprescindible es reconocer que somos el presente de una historia y que lo que ocurra mañana tendrá que ver con lo que hagamos hoy.
3. Observo en las organizaciones y “ciudades de 1er mundo” un estado de adormecimiento, cual alcoholico que está pasado de copas, en que el que el no poder abrir una puerta no pasa por darle un curso de llaves y cerraduras sino por cortar su borrachera. En este sentido creo que en nuestras escuelas no nos entrenamos en “hacer cortes”; en tomar posición con algunas cuestiones para nosotros fundamentales por las cuales estemos dispuestos a ir lejos en función de un cierto bien común.
4. Creo que el foco está más puesto en cumplir normas que en establecer acuerdos para el desarrollo humano que aumenten la productiivdad y agreguen valor a la sociedad.

Te agradezco tus escritos provocadores.

Tengo más para compartir si te parece pero vuelvo a la sala donde la gente está terminando su visión personal.

Un fuerte abrazo de corazón abierto a corazón abierto.

Marcelo"