viernes, abril 08, 2016

Coaching al Postconflicto

“Cuando tenemos un conflicto tenemos un problema”, pero nosotros los coaches sabemos que es importante profundizar en las distinciones y siendo aceptado lo anterior en el lenguaje coloquial, conflicto y problema no son lo mismo.

Si indagamos más sobre lo que es un problema, llegamos a la idea de una proposición difícil, algo ante lo que no tenemos una respuesta en nuestra habitualidad, pero que con cierto esfuerzo y/o apoyo podemos llegar a solucionar. Tenemos muchos problemas en la vida.

Cuando hablamos de conflicto, ya la primera acepción del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) nos sitúa en “Combate, lucha, pelea” y si vemos su acepción psicológica se define como “Coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo, capaces de generar angustia y trastornos neuróticos”. Hay algo que inmediatamente salta a la vista y es que cuando hablamos de conflictos, la emocionalidad está presente. Más que un desafío para nuestra racionalidad se plantea un desafío para la gestión de nuestras emociones y nuestros sentimientos.

Si pensamos en un individuo colectivo como puede ser una nación y esa nación es Colombia, rápidamente nos situaremos en lo que los colombianos denominan el Postconflicto, ese momento negociador, aparentemente más fácil, que hoy les preocupa y que es el centro de las conversaciones nacionales, después de que pareciera haberse detenido el Conflicto con mayúscula, el de la lucha armada contra las guerrillas, los rebeldes según algunos o los terroristas según otros (ya vamos viendo qué observadores tan distintos de la realidad son quienes utilizan estos calificativos), el conflicto que ha mantenido al país durante más de 50 años en un estado de alta inseguridad y violencia.

Hago aquí un alto en el camino para plantear el propósito de este artículo, no siendo yo un comentarista político (por mucho que me interese la Política), ni un especialista en la solución de conflictos armados (por mucho que me “rearmen” los conflictos) ¿Cuál es entonces? Llamar la atención sobre las posibilidades que actores como los coaches pueden tener para favorecer el manejo del postconflicto a través del acompañamiento y el diseño de escenarios en los que una situación como la que vive Colombia (y por cierto otros países) pueda ser abordada de formas diferentes y más favorables para encontrar la ansiada Paz.

Basta con leer las declaraciones del Presidente Juan Manuel Santos al diario al País del 13 de marzo de este año, diez días antes de que se incumpliera el plazo que el Gobierno y las FARC se habían dado para firmar el acuerdo de Paz y las que a ese mismo diario dio el exPresidente Álvaro Uribe, 7 días después del plazo incumplido. El primero defendiendo el diálogo que su Gobierno ha impulsado, el segundo considerándolo una concesión que vulnera los principios sociales más elementales y que podría haber resuelto así  Andrés Pastrana en el año 2000 cuando era Presidente de Colombia. Sin duda revelan dos visiones muy distintas del proceso y sus soluciones desde la que podríamos llamar la Sociedad Civil ¿No quieren entonces lo mismo los colombianos que dicen querer esa Paz? ¿Qué está pasando?


En palabras del Presidente Santos “Liderar un país en guerra es relativamente fácil. Uno muestra los trofeos, la gente aplaude y se mantiene popular. Hoy es más difícil porque hay que cambiar los sentimientos de la gente, las percepciones, enseñar que en vez de clamar venganza hay que aprender a perdonar”.

No cabe duda de que el perdón es un requisito, porque de lo que se trata es de iniciar una nueva etapa de convivencia, la conversación mayor es la de construir un nuevo proyecto de país ¿Se está hablando de eso? Es posible que para muchos esa conversación aún no sea posible porque no han llegado a ese perdón y desde el odio, desde el rencor y la desconfianza los seres humanos no construimos. Aparece aquí un espacio interesante de articulación de conversaciones que tienen otro cariz y van más allá de los simples términos de una negociación que ponga punto final a un estado del que decimos querer salir.

Pero salir implica saber hacia dónde ir, significa tener una Visión común y un proyecto que la haga viable. Está bien haber avanzado en acuerdos de desarrollo rural, de participación política y condena y erradicación del narcotráfico. Ha sido valioso llegar al acuerdo de las víctimas. Es bueno que se siga avanzando en acuerdos sobre la aprobación de zonas de desmovilización, desarme y reintegro a la vida civil, pero no podemos olvidar dos aspectos íntimamente relacionados. El primero es que los conflictos que sin duda son desagradables para quien está en ellos, a la vez están sostenidos por algo, de alguna forma dan sentido a quienes los mantienen en la medida en que se sienten defendiendo un interés, una causa, una ideología y desde esa defensa han construido su identidad.

Sólo se puede avanzar sosteniblemente cuando somos capaces de recuperar la
sensación de tener un nuevo sentido en la también nueva situación que vamos a vivir ¿Cuál es el sentido para los miembros de la guerrilla? ¿Cuál el sentido para los colombianos que han sido victimas de la situación? ¿Con qué dignidad van a sentirse unos y otros a partir de la Paz negociada? Si esto no está resuelto no deberíamos olvidar entonces que los sistemas tienden a permanecer, porque de alguna forma junto a sus inconvenientes mantenían un equilibrio que justificaba los roles que las partes estaban teniendo.

Se abre, por tanto, la gran conversación social de cuáles son los valores que vamos a privilegiar. He sostenido muchas veces que siendo defendibles todos los valores, no siempre es posible considerarlos de igual importancia en un momento concreto de la sociedad y es necesario elegir cuáles privilegiar. En este momento Colombia tiene que optar por poner por delante el valor de la Convivencia en Paz o el de la Justicia hasta sus últimas consecuencias. Decisiones como las de una Justicia transitoria dan cuenta de una de las opciones.

Podemos entender la frustración de quienes se sitúen en la posición del rigor de una Justicia absoluta, desde su óptica las negociaciones suponen una puerta a la impunidad. Podemos entender la posición de quienes quieren ante todo una Colombia que construya un futuro de convivencia de ciudadanos que hayan quitado el odio de sus corazones, para ellos no abrir la puerta a un avance mayor supone negarse a una auténtica reconciliación.

Lo planteo de esta manera para dejar entrever la existencia de un contexto donde el diseño de conversaciones diferentes y su articulación constituye un “servicio” relevante, tanto en su perspectiva colectiva, como en su dimensión individual. Es más, entiendo que es la forma de salir de las posiciones que aún mantienen una relación de lejanía sin armas, pero con la potencialidad de volver a cargarse.

Me viene a la memoria la frase que empañó de cierto desencanto el proceso de transición a la democracia de mi país: España. Una transición que tuvo fases y aspectos modélicos, sin embargo ante las dificultades para renovar el sentido en el marco de un nuevo proyecto común, llegamos a acuñar el dicho “Contra Franco vivíamos mejor”. Es decir, contra el dictador teníamos un propósito claro que nos unía ¿Qué nos falta ahora cuando el camino parece pavimentado para dirigirnos a un futuro mejor? Simplemente que las partes privilegiaron sus propios intereses a los de una idea de País que recogiese claramente la intersección de la mayoría de los anhelos.

¿Cuál es el proyecto de Colombia para el siglo 21? ¿A qué anhelos hay que dar respuesta? ¿Sobre que bases mínimas hay que conversar? Esta es una tarea en que los coaches pueden encontrar cauce para entregar valor social, abriendo las preguntas sobre los núcleos de sentido que hay detrás de la negociación y del futuro que propone, mas allá de los problemas del presente.

Y no quiero referirme sólo al fondo de las mismas, siendo este aspecto central, sino también a la forma humana en la que se realicen. Cabe citar a William Ury, uno de los tres creadores del llamado Método de Harvard de negociación (ganar-ganar) cuando decía que el 10% de las dificultades para el acuerdo está en las diferencias de fondo y el 90% en el tono. Muchas veces ese tono es mas revelador del nivel de legitimación que damos a la otra parte y esa legitimación establece la frontera de la dignidad que le reconocemos. No construimos futuro que no asegure nuestra dignidad y la esperanza de ser protagonistas. No hay nada mas importante para el ser humano que sentirse vistos y reconocidos, nada más terrible que pasar a ser invisibles, de lo contrario pronto podríamos estar buscando otra forma de volver a ser protagonistas, bien por ser queridos o por ser temidos


Si la sociedad colombiana tiene temor a un marco de convivencia con guerrilleros que sólo saben usar la violencia por las armas es poco probable que puedan confiar en acuerdos que supongan integración e inclusión ¿Qué protagonismo pueden tener unos guerrilleros que no tienen otro rol que vivir fuera de los circuitos sociales de un país que difícilmente sentirán suyo? ¿Qué colaboración puede esperarse de una fuerzas armadas que se sienten más severamente juzgadas que aquellos que fueron subversores del orden social? ¿Cómo pueden colaborar desde la apertura quienes tienen miedo?

Abro estas interrogantes porque considero que es el poder de preguntas que nos lleven a sentir/entender la postura de los otros y las emociones que las sustentan, que nos acerquen al lugar desde el que esos otros se sienten fuera de una mecánica teórica de construcción, el que puede permitirnos crear las bases y los espacios para esa larga conversación de convivencia que supondrá el Postconflicto.

Para unos se abre el camino del perdón y de la liberación del miedo y el odio, para otros el camino de la reinvención de un nuevo protagonismo social basado en la colaboración y no en la guerra. La mera separación de mundos para que unos puedan subsistir y otros se sientan más seguros sólo puede considerarse como una tregua. El Postconflicto finalmente se constituye en el aprovechamiento de esa tregua para construir Sociedad, para construir Patria Común, nueva casa de todos.

Esta bien preocuparse de cómo va a ser la nueva casa, donde será, cómo se financiará, eso tiene que ver con la gestión del cambio, pero quienes nos dedicamos a esto sabemos que el éxito se juega en hacerse cargo del impacto humano de ese cambio, lo que pasa dentro, la sensación de pertenecer o sentirse excluido, la sensación de haber ganado o haber perdido. El encuentro con una nueva dignidad.

No olvidemos además que todo esto ocurre, las conversaciones a favor y los movimientos en contra en un momento en que la inflación se ha disparado y el peso colombiano ha sufrido una fuerte devaluación frente al dólar. Un escenario adverso cuando hay que pensar en cómo generar esa sociedad que haga no preferible la violencia.

La situación no es fácil, pero constituye un desafío histórico y la humanidad ha sabido responder históricamente a aquellos llamados que han invitado a sacar de nosotros la semilla más generosa. Y porque entiendo que este desafío se juega en conversaciones de liderazgo, de valores, de reconstrucción de protagonismos y dignidades, más que de repartos y escudos defensivos es por lo que escribo estas palabras, preferentemente dirigidas a quienes desde cualquier rol tomen la decisión de pensar en la Colombia que quieren vivir.


miércoles, marzo 23, 2016

El colofón del libro de Marcelo Krynski

El pasado Viernes fui a presentar a Buenos Aires el libro de Marcelo Krynski: "GPS para coaches y coacheados del siglo XXI" (Libro 1). Antes mi buen amigo me había pedido que escribiera el colofón de su libro, no dijo epílogo, ni coda, ni palabras finales, ni remate; me pidió el colofón y se lo escribí con ese mismo título: colofón. Traigo a este blog su contenido, con la recomendación de que quienes ya son coaches entren a la Clínica que Marcelo describe, no tengan prisa, no busquen teorías, vivan la experiencia y las distinciones.

Colofón


Colofón, viene del griego, como tantas palabras de esta profesión nuestra y significa remate, notas finales, notas al margen para concluir lo escrito. La etimología de su uso viene de  Estrabon que en el libro XIV de su Geografía  cuenta que la ciudad de Colofón fue conocida por la efectividad de su caballería, de tal forma que cuando en aquel mundo de guerras, éstas se alargaban, recurrían a la caballería de Colofón y a su flota para terminarla.

Ese es el privilegio que me concede Marcelo, escribir las últimas líneas de su libro, formar parte de él trayendo a los caballos de mi experiencia, no mayor que la de él, pero distinta. Hace años me concedió el de abrir su “Ver para crear”, en lo que llamé “A manera de Prólogo”, de esta forma me queda la esperanza de que en el futuro me deje una especie de cortina en el centro de un nuevo libro, un cambio de acento, ese pequeño sorbo que ponen en los buenos restaurantes entre platos para cambiar el sabor y preparar el paladar: puedo decir que tengo la esperanza de un sorbete.

Este colofón no pretende ser un resumen de lo planteado por Marcelo, sería pretencioso, algo así como decir y de todo lo dicho quédense con esto, que es lo realmente importante, ni será resaltar las ideas que considero mas brillantes, que equivaldría a poner el foco en mí, para decirles, esto es lo que a mi me gustó, en la creencia que a un buen número de lectores les parezca que lo que me guste a mi sea una buena tendencia.  Con los años el dictado del ego va siendo mas reconocible, aunque no seamos capaces de vencerlo del todo.



Mi primera idea fue la de seguir el mismo estilo que usa Marcelo en su libro y tomar el papel de Celina, o de José, o de Edgar, o de Armando, o de Luis, de Martina, Manuel o María Elena, o ser un poco todos ellos y preguntar y debatir con un Marcelo observado por mi. Ser unos y otros, jugar a ser todos y expresar mis dudas, las preguntas que sigo teniendo abiertas después de los 23 años de coaching, las respuestas en las que me encuentro de paso. Seguir el juego de los puntos suspensivos del silencio o de los aplausos para mostrar los consensos que supongo se producirán en el avance.

Abandoné este camino, lo encontré arriesgado. A pesar de mi vocación literaria no es fácil trasladar al papel la dinámica de un taller, en el que el centro no es la mera secuencia de diálogos, sino la emocionalidad que va impregnando la sala, los brillos de los ojos, las miradas que se cruzan, el peso plúmbeo o alado de los silencios. Habría que poner la distinción entre peso plúmbeo y peso alado y supondría una invasión a la experiencia misma. Y ese es el primer mérito que asigno al trabajo de Marcelo Krynski, mi querido amigo, el de salir airoso de una forma de narrar, que en si misma constituya parte del mensaje.

Empezaré entonces diciendo que conocí al autor (tomo una distancia de respeto) hace 23 años: en Junio de 1993 en la ciudad de Segovia, allá en mi país. Ambos éramos alumnos del primer Arte del Coaching Profesional en castellano, Yo “baby boomer” y él “Generación X”, su pelo, ya blanco entonces, permitía salvar las diferencias. Desde ese tiempo hemos seguido en contacto en la distancia, nuestras vidas han seguido caminos diferentes y en esos caminos hemos pasado por etapas parecidas y etapas distintas, sin embargo un profundo afecto y un especial respeto ha mantenido el vínculo en ese entrar y salir de nuestras vidas cambiantes.


Este es uno de los secretos de este desafío del convivir ¿Por qué queremos vincularnos? ¿Cuál es el vínculo que nos une?  ¿Qué estamos dispuestos a hacer y entregar por ese vínculo? ¿Qué requerimos para mantenerlo? Estas preguntas son centrales cuando hablamos de esa preocupación común en Marcelo y en mi que es el fenómeno de la convivencia, sea en la unidad mas simple (no es esta la palabra, ninguna unidad lo es) o mas compleja.

Hemos pasado por los vínculos más íntimos en la propia vida personal, en los equipos, en las organizaciones y en mi caso por la expresión de la convivencia en la dimensión política, la que reconozco como una pasión heredada en mi vida. Cada vez que nos hemos juntado hemos abierto preguntas sobre todos estos temas.

Veintitrés años activos en el mundo del coaching nos han traído a ambos muchas experiencias y algunos reenfoques de lo que es o nos gustaría que fuera esta magnífica profesión de coach. Y esa es la invitación que asumo de Marcelo y que puedo resumir en dos líneas de intención:
·      Contar aquí aspectos que he ido configurando como esenciales en mi experiencia
·      Aprovechar este espacio para hacer un llamado a asumir nuestra responsabilidad de coaches.

Aprendizajes esenciales

Salimos/salí, de mi proceso de formación con la secreta fantasía que todos los racionalistas tenemos de que en esa “acomodación de melones”, a la que se refería Marcelo, encontrase una nueva racionalidad que me explicara al nuevo observador que estaba siendo, especialmente si mi trabajo, que estaba decidido que fuera en el dominio del coaching organizacional dados mis orígenes de formador de directivos, si mi trabajo, repito, iba a ser el de colaborar en la ampliación de la mirada que el directivo tenía, es decir, acompañarle en su apertura a nuevos paradigmas.

Pronto comprendí que la tarea de que encontrasen nuevas respuestas era un paso relativamente corto, que el gran desafío era que encontrasen nuevas preguntas, algo así como lo que atribuyen a George Bernard Shaw al terminar sus conferencias “espero haberles dejado con más preguntas de las que tenían al comenzar mi charla”.

Este desafío significaba llevarles a observar desde los distintos ángulos de la habitación y aún mas allá, sacarles de la habitación (“out of the box”). Tiempo después el investigador y físico español Jorge Wagensberg, profesor en la Universidad de Barcelona de “Teoría de los procesos irrepetibles,” me puso el lenguaje, me trajo las palabras. El dice “Cambiar de respuestas es evolución. Cambiar de preguntas es revolución”. Definitivamente podía ser mi/nuestra, forma de hacer la revolución después de las decepciones de mi generación, aquella que en Mayo del 68 creyó que iba a cambiar al mundo a través de una izquierda moral que no resultó ser tan moral.

Esto significó aceptar una velocidad diferente, la comprensión de que las estructuras permiten una determinada armazón para sostener las cosas que queremos, pero a la vez ponen los límites del ámbito de posibilidad. Comprendí que el saber ocupa lugar. Por eso esta insistencia en el desaprender, en el vaciarnos para volver a llenarnos de una comprensión diferente. Entendí que sólo desde la creación de una poderosa relación con mi coachee (lamento este retroceso en el lenguaje que propone Marcelo, pero el verbo coachear- y por tanto su participio- es casi imposible para un español formado en la Filosofía y las Letras) podría invitarle a sospechar de sus certezas, de las creencias que terminaban respaldando sus prácticas.

También años después Robert Kegan me regaló el lenguaje para decirlo: “Son cosas distintas las suposiciones que usted mantiene que las que le mantienen a usted”. Mantenemos que queremos mejorar y cambiar el mundo que nos rodea porque efectivamente tenemos la suposición de que ese mundo puede cambiar, pero esa “sincera” declaración esta asentada en la profunda suposición de que para ello no voy a tener que cambiar yo mismo.


Tal vez mi gran descubrimiento siguiente fue que los contextos preceden al texto, algo así como lo que la escuela de Palo Alto estableció con respecto a la comunicación al decir que en toda comunicación hay dos aspectos fundamentales: el contenido y la relación y que al sopesar los dos, tiene mucho más impacto la relación. Es decir, aunque el contenido sea coherente si quien me lo dice no concita mi credibilidad el mensaje no conseguirá su objetivo. Otra manera de ver lo que Marshall McLuhan había perfectamente sintetizado en: “El medio es el mensaje”.

Entendí que los contextos configuran estructuras de relación y en definitiva, como las culturas, determinan el espacio de lo posible. Eso me llevó a cambiar mi concepto de la eficiencia en el trabajo del coaching, aceptando que primero tenía que establecer el contexto para poder llegar a nuevas conversaciones posibles.  Es lo que en la Clínica Alberto expresa con especial gracia y claridad “Si antes del entrenamiento me hubieran dicho que a mis 56 pirulos yo iba a estar enviando amor incondicional a través de mis manos a un tipo que está con los ojos cerrados…me hubiera reído por lo ridículo e impensado”. Una gran tarea del coach es crear el contexto de su intervención con un cuidado especial y a la vez mostrar la importancia que tiene para que su cliente lo adopte también como una práctica en su interacción con otros.

Claro que el nuevo contexto es otro tipo de estructura, en ese sentido en que los padres de la PNL plantean que la magia tiene estructura. No es entonces un problema de estructura o no-estructura, tiene que ver con una disposición  fundamental a escuchar lo que el momento nos pide, lo que la vida nos pide, implica poner sobre todas las cosas al propósito, a la esencia de nuestra permanente recreación y si pensamos detenidamente en ello llegaremos a un puñado de emociones y aspiraciones que rige la existencia de los seres humanos.

Descubrí entonces la necesidad de mantener permanentemente la conexión con lo que me rodea y con mi propia conciencia de quien estoy siendo, de mis necesidades para estar en equilibrio, de mi rol, de mis esperanzas. ¿Qué espero? ¿En qué confío? ¿Qué dolores albergo?

Y entre los aspectos que configuran el contexto fue emergiendo, con la práctica, la evidencia que las emocionalidades, como aprendiéramos en Maturana, marcan las predisposiciones para la acción y por lo tanto establecen también lo que es posible e imposible desde esa emocionalidad. Me apareció claramente que el liderazgo y la acción directiva estaban profundamente vinculados con la gestión de emociones y eso significa que previamente hay que escucharlas e identificarlas.

Pasé una cierta época de confusión preguntándome como conseguir la neutralidad. Mi respuesta hoy es que nadie lo es, los coaches tampoco. Podemos, eso sí, tener más clara la conciencia de la no-neutralidad y la voluntad de no influir, aunque percibamos, olamos e intuyamos y no tenga que ser el camino prescindir de todo ello, sino subrayarlo, sospechar de nosotros y con la conciencia de esa sospecha ponerlo a disposición de nuestro coachee, invitándolo a su profunda conexión para emprender un viaje.

Un viaje supone un destino, sin embargo también fui aprendiendo que era pretencioso empezar con un objetivo superior a una mera dirección. Podíamos partir de unas ciertas declaraciones que tomásemos como indicios, en los términos que propone Marcelo. Las condiciones que fui incorporando fueron las de respetar al coachee y creer en su capacidad y su intención, como se plantea en la Clínica, invitarle a aceptar compasivamente lo que está siendo, sin que eso implique conformarse con ello, porque no se puede cambiar sosteniblemente lo que no se ama. Y amar también el viaje acompañado.

Lo que significa avanzar no siempre es tan evidente. Tengo una experiencia que mantengo muy viva en mi recuerdo, aún tengo muchos juicios negativos con respecto a quien me dijo lo que hoy considero inolvidable, aunque también admiré y admiro sus capacidades. Fue socio mío durante unos años y tras una acalorada discusión me dijo: “Valoro tu inteligencia y tu coraje, pero tienes un problema que puede llevarte a la ceguera más absoluta, eres como un automóvil sin marcha atrás y eso es muy grave.”

Con el tiempo me voy haciendo cargo que mi concepto de ir siempre hacia adelante puede suponer una interpretación del avanzar sin matices. Hoy la vida me dice que para avanzar tenemos muchas veces que retroceder, que hay supuestos avances que nos alejan de nosotros. Reelegir, regresar, puede ser la forma de continuar avanzando en lo que queremos que sea nuestra vida. Una vez más la importancia de escuchar lo que esa vida nos dice, lo que el ciclo de nuestra vida requiere. No siempre todos los valores en los que creemos y nos orientan pueden ser seguidos a la vez. Con frecuencia existe una colisión entre ellos y debemos elegir.

Tal vez mi última reflexión, yo que abogué por las planificaciones y la necesidad de estrategias con claros focos, es que obstinados por buscar podemos no encontrar lo que la situación, el contexto y la vida nos ofrecen. ¿Cómo prepararnos para encontrar? ¿Cuánta apertura requiere? ¿Cuánto tiene que estar abierto el corazón y los ojos?

No cabe duda que muchas de las cosas que refiero están reflejadas en lo que Marcelo Krynski plantea en este interesantísimo libro que en vez de hablar de conceptos, sigue el camino de una conversación en la que no siempre se llega a la comprensión en el primer enunciado y es necesario seguir un camino tras otro, hasta que los significados se constituyen en cada lector en la forma en que esté preparado para ello.

Me quedo con la idea de que su invitación a poner el punto final a este libro esta basada en que ambos compartimos la necesidad de abrirnos a una nueva convivencia para la que es necesaria un nuevo lenguaje, una nueva apertura, mas grandeza y a esa convicción quiero dedicar mis últimos párrafos.

Una invitación a la responsabilidad de los coaches.



Vivimos en un momento de la historia en el que las instituciones han perdido su valor. Instituciones que fueron creadas para preservar, cautelar, salvaguardar  y regular la buena convivencia hoy sentimos que forman parte de una cadena de abuso y corrupción. Es fácil caer en el pesimismo, el individualismo y la desidia, pero como dice el filósofo español José Antonio Marina “Dejemos el pesimismo para tiempos mejores (…) El optimismo se convierte en momentos como estos en un deber moral”

Muchos de nosotros pensamos que si algo hay que incorporar en los sistemas educativos del mundo es la urgente  introducción del aprendizaje de la convivencia, de volver a vivir en comunidad y en la decidida apuesta por la inclusión. Buena parte de la indignación que vivimos tiene que ver con esa sensación de estar excluidos.

¿Cómo incluir generaciones que ven el mundo de distinta forma, civilizaciones diferentes, distintos ciclos de vida, religiones y culturas que se oponen, razas y situaciones económicas desiguales?

Entre las declaraciones que mantenemos los coaches está la de considerar al otro como un legítimo otro, la aceptación de que somos observadores diferentes, más allá aún, de que solo podemos ser observadores distintos porque nuestra experiencia, nuestra cultura, nuestra historia son distintas. Declaramos que el lenguaje genera realidad y que vivimos en conversaciones que nos constituyen. Creemos que tenemos una herramienta poderosa en el conversar, la Clínica que da origen a este libro es un magnífico ejemplo. ¿Cómo podemos ser indiferentes a un mundo que vemos languidecer y perder la esperanza?

Quiero decir que más allá de la valiosa contribución que los coaches hacen en la ampliación de las posibilidades de sus coachees uno a uno, va emergiendo en mi opinión la necesidad de participar más activamente en los contextos colectivos, en ponernos a disposición de ideas mas generadoras de una sociedad  acogedora y abierta.

Y creo que para ello cada uno de nosotros debe creer también en su grandeza, creer en si mismos y en la vida. Es importante vivir el ahora, por efímero que sea, pero no podemos dejar de lado nuestro compromiso con un futuro que heredarán las generaciones que nos sucederán.

Empecemos por leer atentamente el contexto que vivimos, tal vez haya que sentarse en el suelo como hicieron con Luis, ponerse a su altura, disponerse al encuentro y abrirnos a la dignificación de un rol de acompañamiento generoso y ético. Creo que así seríamos constructores de la esperanza.


martes, marzo 01, 2016

Sobre la neutralidad imposible


Cuando la física cuántica plantea que el experimentador interviene en el propio experimento aunque lo intente evitar y modifica la materia y el resultado, de la misma forma que determina el camino usado y lo que sea o no considerado indicios, pistas y sugerencias, no puedo dejar de pensar en la imposible neutralidad del coach.

Su presencia, su emoción y su pregunta afectan a un rumbo y a la configuración de un contexto de la conversación. Por eso he ido cambiando mis juicios sobre la mas apropiada puesta en escena del rol de coach para ser coherente con lo que pienso.

Preferí al inicio la distancia de mi serenidad para ser invisible, como el psiquiatra que pregunta como si fuera una voz en off  detrás de un diván; parapetado yo tras la pantalla y las teclas de mi computador desde el que registro minuciosamente lo que pasa, lo que pregunto, las respuestas que las preguntas traen.

Ahora empiezo a sentir la necesidad de mostrar las suposiciones desde las que miro el mundo del que hablamos, las inquietudes que me asaltan cuando el coachee habla, creo que es más honesto develar mi no-neutralidad, develar el lugar desde el que aparecen mis preguntas. Hacer sentir mi compromiso (si es que lo siento) para establecer un acompañamiento cercano y generar intimidad. Una palabra que se revaloriza en el tiempo: I n t i m i d a d.

Si no siento ese compromiso no puedo actuar y se que tengo que declinar entonces.

Hablo de una cercanía con el ser que es el otro, de un profundo respeto más allá de su situación y es algo que puedo lograr si creo que más allá de que sus posiciones me gusten o no, el coachee es sincero. No necesito “comprenderlo”, no quiero “comprenderlo”  en ese sentido que Fedor Dostoievski plantea en Los hermanos Karamàzov: “Yo no comprendo nada, prosiguió Iván como si delirara, ni nada quiero comprender ahora. Quiero atenerme a los hechos. Hace ya mucho que decidí no comprender. Si quiero comprender, enseguida altero los hechos, así que he resuelto atenerme a ellos”.

El coaching como una metodología de acompañamiento requiere que el coachee se sienta realmente acompañado, que no es lo mismo que comprendido. “Estoy aquí sin que tenga que pensar como tú, es más, si pensara como tú no te serviría”.

Si no hay contexto el coaching no sucede, no se trata de aplicar una fórmula, seguir los pasos de una metodología, como no hay una forma de educar a un hijo con independencia de quien sea ese hijo. En ese sentido el coach tiene que ser capaz de desplegar su acompañamiento en la complejidad del ser humano y cada ser humano tiene su momento, su ciclo, su proceso.

No creo en las recetas, creo en la diferencia de cada proceso y cada contexto. Y eso supone tener distinciones sobre los ámbitos en los que intervenimos, sobre el proceso de aprender, sobre las emociones y los sentimientos de las personas y especialmente sobre como crear el espacio para que el coachee esté dispuesto a confiar en sí mismo y en la vida. De lo contrario no estará disponible a abandonar lo que de alguna manera le permitió llegar adonde está.


Creer que su aceptación de entrar en un proceso de coaching presupone esa disposición puede ser un craso error, con frecuencia buscamos entender que es lo que hicimos mal, que fue lo que no vimos, pero eso no es lo mismo que preguntarse quien estoy siendo. Queremos saber que mejorar en nuestro rol, pero eso es distinto que preguntarse cuál es mi rol realmente en este momento.


La calidad del contexto de cercanía (entendida como cálida interlegitimación) entre el coach y el coachee es muy diferente en cada caso. Lograrla es una tarea irrenunciable en nuestro oficio. Y quiero llamarlo así porque está más lejos de la magia que de la estructura, pero más cerca del artesanato que del proceso de producción.