viernes, septiembre 04, 2015

El coaching y la literatura ( I)






Estoy convencido de que el coaching obedece a un intento de conectarse con la vida para mirarla de frente, más que a cualquier tipo de entrenamiento concreto, a no ser que ese entrenamiento sea el de la auto observación y  la escucha compasiva de lo que nos rodea. Por eso acepto la palabra coaching solo como una forma de entendernos en un mundo en el que alguien se adelantó para nombrarlo, aunque no fuese con tino, aunque metiese en un mismo saco interpretaciones muy distintas.

Por otra parte, leyendo literatura aprendí que cada personaje habla del mundo con la convicción de que lo describe y cuantos más personajes aparecen en el relato más mundos aparecen con ellos y más difuso el concepto de verdad. En eso la literatura es un espejo de la vida y muchas vidas son auténticas obras literarias.

Además dentro y detrás de la obra literaria hay un autor. Leer siendo consciente de eso, pensar en el autor y sus intenciones, a la vez que entramos en la vida de los personajes, da otra dimensión de la lectura. Relacionar esto con mi actividad de coach  fue inevitable. Mirar al coachee y tener presente que detrás de la historia hay un autor, un observador, decimos en el coaching ontológico, introduce otra dimensión en la escucha y al hacérselo notar a quien te habla (el mal llamado coachee) definitivamente abre posibilidades transformadoras y literarias.

“¿Verdad o Visión? La alianza entre realidad y literatura, entre  lo vivido y lo contado, es un matrimonio tan inquebrantable como tambaleante y fantasioso” dice Berna González Harbour en su artículo “La verdad, esa gran versión” para introducir su comentario sobre tres libros que hablan de la razón por la que escribimos historias, creamos arte o interpretamos signos, cuando probablemente sea porque no podemos evitarlo porque crear y destruir está en nuestra esencia humana, como perseguir la verdad y deformarla y querer que lo que llamamos realidad se adapte a nuestra verdad en una simplificación artística.

Mi afición por la literatura  ha sido siempre un recurso para el coaching, me ha permitido  decirle al coachee, “mira por un momento a este personaje que se llama como tú y declara esto y hace aquello e interpreta eso otro. Veamos cuan predecible es, por qué puede operar de este modo, cuán consistente puede o no parecer”. El mero hecho de distanciarse y verse otro abre muchas posibilidades para el rediseño.

No es trivial mirarse como el personaje de una novela y vernos en escenarios distintos y en la dificultad para mantener una coherencia. “Busquemos las inconsistencias declarativas”, animo a encontrar eso que llama Robert Kegan diferenciar los supuestos que mantenemos y los supuestos que nos mantienen y no darnos cuenta que pueden ser contradictorios, que están basados en una ceguera probablemente involuntaria y en el peor de los casos en la creencia de que no se va a saber, porque nuestro interior es invisible, ¡Ah, pero en la literatura como en la vida el alma se asoma a los ojos o se precipita por nuestras reacciones más espontaneas!

Este juego permite la conexión con ese terreno en que la vida y la literatura se encuentran y se produce una forma de fluir que en el coaching ontológico acostumbra a llamarse “danza” y que la psicóloga Anabelle Kustz citada en el mismo artículo, plantea como,  “Al terapeuta le interesa la verdad subjetiva o emocional y creo que esa verdad existe y que sabemos cuándo  entramos en contacto con ella. Cuando se materializa un aspecto de la verdad emocional, tenemos ese sentimiento de conexión y repercusión profunda, de que algo nos ha llegado muy dentro. Pero es una cosa imprecisa, difícil de describir y definir y fundamentalmente provisional y cambiante”.


Esos atributos de “provisional” y “cambiante” podrían ser considerados como insuficientes para establecer que cuándo ocurre en el coaching (que no es una psicoterapia) hemos entrado en un terreno fértil. Muy al contrario, creo que señalan un territorio de lo posible porque no hay muros de hierro dentro de nosotros, hay muros sí, pero tienen la forma imprecisa de las creencias que pueden contener dentro su formulación contraria, que nos hacen, por tanto, provisionales y cambiantes aunque aspiremos a un carácter sólido y sin resquicios.

Finalmente el coach guarda la intención de que el coachee se haga cargo de que su propia historia no ocurre porque debiera ser, sino porque quiere que sea o porque teme que llegando a ser otra se develen personajes internos que no está dispuesto a asumir por falta de coraje o por temor a una respuesta de incoherencia superior para él, la de aceptar el temor como el capitán de su vida.

Otra vez más el dilema entre el amor y el miedo al final de ese espejo que es la vida y de ese espejo de la vida que es la literatura

lunes, julio 20, 2015

Sobre el compromiso en las organizaciones




En el último número recientemente publicado de la Revista  de la Asociacion Venezolana de Gestión Humana se pública mi artículo que da título a este post.

                           o00O00o

Vivimos en un mundo en el que escuchamos con frecuencia sobre la necesidad de compromiso, la ausencia de compromiso o la volatilidad del compromiso en las organizaciones y quiero empezar estas líneas desafiando esa declaración ¿Falta compromiso o falta capacidad de comprometer?

Probablemente debemos empezar poniéndonos de acuerdo sobre qué entendemos por compromiso. Cuando alguien dice “necesito de ti un mayor compromiso” parece decir que lo que falta es mayor esfuerzo y es eso lo que necesita. Cuando escuchamos que “el drama es que no se cumplen los compromisos”, entendemos que la naturaleza de los compromisos se relaciona con el cumplimiento, con el hacer bien y oportunamente. 

Cuando otro alguien dice “No quiero compromisos, quiero libertad de acción”, pareciera que expresa un miedo a algo que puede coartarle ¿Es el compromiso una cadena? ¿Es un esfuerzo? ¿Por qué puede darnos miedo el compromiso?  ¿Su naturaleza es la irrevocabilidad? Tal vez hablamos de cosas distintas.

En el mundo del lenguaje, compromiso es una promesa que surge de la profunda libertad de alguien y que afecta a la identidad del que promete, de hecho una definición de líder que he repetido muchas veces es que líder es aquel que puede hacer promesas que son creídas y aceptadas, porque eso significa que su identidad le hace confiable de su cumplimiento y convoca a ser seguido o esperado.


Si seguimos el camino de los compromisos como promesas, lo que esperamos es que la promesa se cumpla y si ese cumplimiento no se produce la confianza queda lesionada. Hay pues una relación directa entre compromiso y confianza.  Además si hablamos de una promesa, esa promesa puede venir precedida y sucedida de otras, configurando una red de promesas que al estar interconectadas pueden abrir oportunidades innumerables o producir un incumplimiento en cadena con la violencia que ello entraña.

¿Qué promesa hace alguien que firma un contrato de trabajo? ¿Qué promesa hace un directivo al asumir su posición? Puede ser que indagar sobre este aspecto nos de luces sobre cómo actuar en los niveles de compromiso de una organización. Si hablásemos con aquel en quien no vemos compromiso, tal vez escucharíamos su desencanto por otros compromisos con él, que no se cumplieron antes.

En la perspectiva de las energías asimilamos a quien tiene compromiso con alguien con una gran energía interior que sabe adónde va. Tenemos más pasión por aquello a lo que nos comprometemos.

Parece entonces relevante preguntarnos  ¿Por qué nos comprometemos? Mi respuesta es: porque sentimos que haciéndolo obtenemos un bien mayor y respondemos a nuestros valores, esos núcleos de orientación que nos hacen sentirnos dignos ante nosotros mismos. Hablo de bien mayor en el sentido en que el compromiso nos conecta con la abundancia, sea esta espiritual, profesional, social, económica, dependerá de cada quien.

Ese juicio se consolida a partir de que interpretamos como valioso aquello con lo que nos comprometemos. Si es así es importante preguntarnos ¿Qué interpretación tenemos de nuestro trabajo? ¿Para qué sirve? ¿A qué contribuye? ¿Qué crea en el mundo? ¿Qué interpretación tenemos de nuestro rol, de nuestra empresa, de nuestra sociedad, de nuestro sistema político, de nuestra familia, de nuestro matrimonio? En la medida en que esas interpretaciones configuren un juicio de alto valor, nos comprometeremos y si por el contrario tenemos el juicio de que no nos satisface nos vincularemos de una forma transaccional, pasiva o incluso aprovechada y si somos honestos nos desvincularemos.

Desde esta mirada, el compromiso no es un rasgo de nuestro carácter, no viene en nuestro ADN, sino que se genera en la dimensión relacional del ser humano, tiene que ver con el nivel de conciencia con la que vivimos y con la calidad de nuestras relaciones. Es aquí donde cobra sentido la pregunta disyuntiva del comienzo ¿Será que falta capacidad de comprometer? ¿Faltará liderazgo?

Abro por eso para quienes va dirigido este artículo otras preguntas que pueden tener que ver con el compromiso más inmediato: el de su ámbito directivo. ¿Qué mundo, qué rol, qué posibilidades, qué impactos estamos ofreciendo a quienes trabajan con nosotros? ¿Qué oferta contienen sus declaraciones fundamentales para quienes se desempeñan en una empresa? ¿Adónde apunta la abundancia de su mensaje? ¿Pueden las personas que trabajan allí tener una mejor visión de sí mismas cumpliendo lo que les pedimos?


Quiero decir que es fantasioso pedir compromiso cuando nuestra oferta es transaccional, para eso nos bastaría suficientemente con mercenarios. Hablamos de que hoy los jóvenes, los empleados, los directivos, no se comprometen ¿Nos comprometeríamos nosotros con un vínculo que no  nos ofrece valor? Finalmente los seres humanos ansiamos una vida que merezca la pena, buscamos la pasión y la posibilidad de que lo que hagamos deje huella.

Ahí está la gran oportunidad de los líderes auténticos en cualquiera de los ámbitos de la vida: en convocar ese anhelo.

o00O00o

Pueden ir directamente a la revista si quieren ver el resto de los artículos publicados. PULSE AQUI

domingo, mayo 10, 2015

Y de pronto esta violencia...¿Qué nos está pasando?


Subo ahora al blog el artículo que a principios del 2015 me solicitó Newfield Network y que se publicó en su Newletter hace dos semanas. Hoy ya se debatido mucho sobre el tema sobre el que escribí en la primera semana de Febrero.
 
"Me plantea Fernando Véliz la inquietud por este momento que vive Chile: tras aparentes avances y progresos, tras las cifras que hablan de un país que se va destacando en su región, aparece el descontento cada vez más generalizado y las formas violentas de expresar esa molestia. ¿Qué conversaciones necesitaríamos? Se pregunta y me pregunta Fernando.

Sobre esto quiero reflexionar, sobre mi interpretación de las causas y, por ende, los caminos de solución que vislumbro para poder pasar a otro escenario social y a una emocionalidad diferente. Parto por decir que, aunque el foco sea Chile, creo que se trata de una situación coincidente en otras partes del mundo. No sé si considerarlo un fenómeno mundial, pero sí internacionalmente extendido. Así, en la otra esquina de mi corazón, España me envía los mismos mensajes

¿Qué conversaciones necesitaríamos?

 

Conversamos para avanzar en algún sentido, conversamos para crear espacios a lo posible y para eso el requisito es confiar que la conversación sirva para algo. Si no fuera así, sólo hablaríamos para descargar nuestras emociones o para herir al que está enfrente o hablaríamos solamente si hay micrófonos para que el mensaje les llegue a quienes no están, pero que de alguna forma validamos.
Aprendimos que cuando no legitimamos al otro no hay conversación posible. Por eso en la taxonomía ontológica existen las conversaciones para posibles conversaciones y en la vida existen mediaciones a partir de que damos alguna cuota de credulidad a los mediadores.
Apunto, por lo tanto, a que debemos plantearnos qué ha hecho que hayamos perdido la confianza en los líderes políticos, religiosos y sociales y mucho más allá aún, en las instituciones que nos hacían tener un cierto sentido de seguridad. Frecuentemente ante los casos de corrupción de cualquier tipo nos quedamos en su dimensión de criminalidad, de abuso personal, de descalificación al corrupto, pero el mayor daño es invisible y tiene que ver con esa pérdida de confianza, que unida a la rabia se convierte en violencia.
La violencia en las calles, sea por una protesta en defensa de derechos, por la percepción de un grupo de sentirse marginado o por ganar o perder un partido de fútbol, es la respuesta a la desconfianza más absoluta, es la expresión de “no creo en ti”, “no creo en esta sociedad”, “no creo en el discurso de mierda que la sostiene” (disculpen la grosería, estoy tratando de ponerme en la piel del que desconfía y siente que la sociedad en su conjunto es una construcción mentirosa) e implica que no se encuentre sentido a respetar regla alguna si no se cree en el sistema para el que teóricamente servirían.

Emerge una profunda violencia interior en quienes no se sienten parte del consenso social y preferirían renunciar a una pertenencia que no comparten.  El filósofo argentino Luis Diego Fernández anuncia el renacimiento de una nueva conciencia libertaria, que no tiene signo político, no es de izquierdas, ni de derechas. Ante la decepción profunda de su experiencia social, el individuo se centra en sí mismo y su percepción de derechos, y esto abre el espacio para el cuestionamiento de las formas en las que estamos organizados. Surge con ello una amenaza para la democracia y el orden que le da soporte, que lamentablemente los políticos están tardando en ver.



Cito a Fernández “En ambas perspectivas libertarias (…) lo que se observa es una necesidad de repensar la idea de comunidad y los vínculos, luego, de ciertas estructuras que parecen estar en crisis terminal o en vías de reformulación, sea la democracia representativa tradicional (bipartidista) o los populismos de izquierda o derecha”.
Perder la confianza tiene un alto costo para todos, en otros momentos de la historia los grupos sociales han buscado a un salvador ¿Pero quién puede ser ahora el salvador o los salvadores? La Iglesia desprestigiada (pongo ejemplos enmarcados en Chile y tal vez lo más reciente para socavar esa confianza sea el nombramiento como Obispo de Osorno de Juan Barros vinculado al terrible caso Karadima), los políticos aparecen cada vez más relacionados con prácticas inconsistentes con sus declaraciones o claramente anti éticos (me remito al caso Penta, por hablar de uno de los últimos, en mi país surgen todos los días), los gobiernos se enfrentan a innumerables limitaciones para ejercer su poder por la propia estructura de una sociedad que demanda participación y está facultada para oponerse, los empresarios aparecen relacionados con la corrupción (los casos de colusión para la fijación de precios, de evasión de impuestos, de incumplimiento de leyes), los medios de comunicación más interesados en crear la noticia aunque sea a costa de la verdad que en hacer un balance objetivo, la justicia en descrédito (el reciente caso del hijo del senador Larrain supone un fallo que tiene difícil concitar comprensión alguna en la ciudadanía).
No parecen haber muchas ventanas a las que asomarse hoy para buscar salvadores, porque sabemos que cuando todo tiene precio, nada tiene valor. Tal vez el hecho más doloroso que caracteriza el momento que hoy vive Chile y cuya repercusión aún es pronto para evaluar (pero que será contundente) es el reciente “Caso Caval” que implica al hijo de la Presidenta Bachelet y que representa un posible enfrentamiento entre lo legal y lo ético, porque como bien refleja en su excelente artículo la periodista Patricia Politzer, no sospechosa de querer hacerle el juego a la
oposición: “El enriquecimiento rápido de la pareja Dávalos-Compagnon –“en una pasada”, como dicen los que saben de jerga especulativa– es un golpe al corazón de quienes creen que existe otra forma de convivencia entre los seres humanos, en la que no prima la ambición desatada, la competencia y el dinero fácil. Es un mazazo en la cabeza de quienes votaron por Michelle Bachelet para que liderara una transformación política, económica y social destinada a construir un país más justo y equitativo. Los Dávalos-Compagnon representan precisamente aquello que la Presidenta prometió suprimir de la sociedad chilena.”



El Programa de Gobierno de la Presidenta Bachelet incorpora una serie de reformas profundas para acercar a Chile a un mundo de menos desigualdad y mayor inclusión ¿Cómo pueden creer los ciudadanos en las intenciones de estas reformas, cuando el propio hijo de la Presidenta participando en su Gobierno parece no creerla y obra con los códigos de la sociedad más capitalista y especulativa? ¿Puede haber un ejemplo que invite más a la violencia y que cause más dolor en quienes confiaron?
Los optimistas como yo podríamos pensar que esta es la gota que rebosa el vaso y afortunadamente eso significa que ha llegado el momento para no buscar soluciones fuera y plantearnos una primera conversación interior y personal: qué puedo hacer para mejorar esta sociedad que no me gusta, este mundo que no quisiera dejar a mi nieta. Y aparece también entonces la corresponsabilidad de la que sin darnos cuenta nos hemos hecho cómplices.
Hace unas semanas almorzaba con un coachee español recién llegado a Chile. Me hablaba de su desencanto moral con la España de hoy y me regaló una “anécdota-perla” para ilustrar lo que quiero decir: Cenaron 4 matrimonios amigos, siguiendo una costumbre habitual. Desde luego criticaron el contexto de corrupción en el mundo político y su entresijo de lobbistas y empresarios colaboradores con esa corrupción con la vehemencia que solemos hacerlo en mi país. Al finalizar pagaron la cuenta entre los cuatro. Uno de ellos después de aplicadas todas las tarjetas de crédito, planteó que si nadie la quería él se quedaba con la cuenta. Otro de los amigos (al menos hasta entonces) le pidió que se la dejase un momento para comprobar algo y la rompió en pedazos “Al menos con mi parte no vas a defraudar”. Desde luego se generó una discusión violenta. ¿Cuántos de nosotros no hacemos pequeñas trampas, pecadillos que consideramos veniales? ¿Cuántos de nosotros cuando vemos que otros los cometen permanecemos pasivos?
¿Qué conversaciones necesitaríamos? Vuelvo a la pregunta inicial. La primera es sobre valores, mucho antes que otras soluciones necesitamos hablar sobre valores, finalmente las soluciones de las que estamos hablando lo son si están construidas sobre la confianza que nos da saber que detrás hay valores que compartimos y que estaríamos dispuestos a defender.
Algunos de los mensajes más interesantes de estos últimos meses los ha dado el Papa Francisco (lo cito desde mi posición de no católico), el primero, al atreverse a plantear públicamente los 15 pecados o enfermedades de la Curia, la séptima de ellas la llamó el alzhéimer espiritual. ¿Qué puede esperar entonces quien busca consuelo espiritual si quienes deben administrarlo y predicarlo tienen alzhéimer de él? ¿Qué provoca esta falta de modelamiento?

Más recientemente al referirse al terrible y condenable atentado yihadista contra el semanario humorístico francés Charlie Hebdo, Jorge Mario Bergoglio dijo que la libertad de expresión tiene un límite, no se puede insultar y lo dijo después de reconocer que “matar en nombre de Dios es una aberración”. Su frase de “si el doctor Gasbarri dice una mala palabra de mi mamá puede esperarse un puñetazo” ha sido interpretada como una invitación al ojo por ojo. Yo estoy trayendo a este artículo sus más controvertidas palabras precisamente porque en su estilo llano y sincero está diciendo que la libertad es un valor que ha presidido nuestra civilización occidental, pero el respeto también lo es. ¿Dónde empieza y acaba cada uno?
Me eduqué en la idea de que mi libertad termina donde empieza la de los demás. Me eduqué en la idea de ser social, de vida con otros, de la importancia del respeto. Uno de las causas que nos han llevado a la desconfianza y la violencia ha sido la percepción de abuso, de no ser respetados. Por eso soy de los que opinan que la revolución francesa (volviendo al país del terrible atentado) nos legó un triunvirato de valores: igualdad, libertad y fraternidad con la consigna de que debían convivir en armonía.
La historia a partir de ella se ha caracterizado por el enfrentamiento, con una violencia más o menos sutil, entre los defensores de la libertad y los defensores de la igualdad, olvidando que la variable de ajuste viene precisamente de la fraternidad, que incorpora ese respeto por el legítimo otro que aprendimos de Humberto Maturana.
Si requerimos hoy una conversación central, es una conversación sobre valores que nos lleve a resignificar los principios de la sociedad en la que queremos vivir y de los poderes que la conformen, sin ello no veo muy posible detener la indignación de los distintos sectores sociales, especialmente de los que se sienten excluidos de la asignación de privilegios, será imposible frenar esta oleada de autoreferencia, y egocentrismo, que puede llevarnos a ocupar formas de ver la vida personal y del ser en detrimento de la construcción de vínculos sociales profundos. Me refiero a que, sin otros asideros, también es un riesgo convertir en el centro de la vida la experiencia del ahora, vivir el momento, ensalzar un carpe diem que pone el foco en el individuo y nos aleja de ocuparnos en la construcción de un futuro para la convivencia de las generaciones que nos sucederán.


La libertad y la igualdad se enfrentaron, la sustentabilidad y el “vive el presente” se disocian. La noción de sociedad está en crisis frente al yo. Se reafirma la Identidad, como lo que nos diferencia versus la Comunidad como lo que nos une. Hemos construido interpretaciones que nos llevan a dilemas y pares de fuerzas que se oponen y compiten sin hallar la armonía del encuentro. Parece que es tiempo de apostar por los fundamentos de una fraternidad que se base en el respeto, esa forma más civil de referirnos al amor al prójimo.
Quienes vivimos en países en los que no nacimos, hubimos de pasar un proceso de mayor autopercepción ¿Quiénes somos? ¿Somos en lo que nos diferenciamos de vosotros o somos en el firmamento de cosas que nos unen? ¿O somos ambos y nos debatimos en creencias y juicios que nos empujan a la soledad de los nuestros?
Puede ser fácil buscar causas simples: malos gobiernos, políticos poco éticos, empresarios corruptos, jóvenes consentidos y sin espíritu de esfuerzo, jueces comprados, el imperialismo neoliberal, los marxismos dictatoriales obsoletos, la tecnología orientada al ensimismamiento. Formas todas de poner el problema fuera de nosotros. La violencia como reacción en vez de nuestra incapacidad para sostener conversaciones que construyan el mundo que queremos sin esperar que nos lo den envasado. Conversaciones para la posibilidad de una sociedad abierta, que acepte la diversidad y que en vez de fundamentalismos construya fundamentos para el amor humano: el primero de todos los valores.
Ser coaches nos otorga la posibilidad de tener un rol en el impulso de estas conversaciones y tal vez en Newfield debieran pensar en un coaching para abrir la apreciación a la armonía de lo diverso. Finalmente como dijo Paul Claudel “Lo mejor que cada uno puede aportar al mundo es uno mismo”.

domingo, mayo 03, 2015

Coaching al Liderazgo



En el número 3 de la Revista Virtual CONVERSACIONES DE COACHING se publicó el mes pasado mi artículo "Coaching al Liderazgo". María Eva Baccaro que tan eficazmente la dirige me ofreció mantener una columna en la publicación y se lo agradezco sinceramente. Por cierto  que recomiendo leer completa la revista. Dejo aqui el LINK    que lleva a la portada en la que aparece  Julio Olalla, dentro encontrarán interesantes artículos del propio Julio, Leonardo Wolk, Javier Carril, Irene Torres, Daniel Rosales y varios más.

 
"He considerado siempre el Liderazgo como el resultado de un nivel de conciencia superior aplicada a una transformación intencional (buena o mala), por eso mi curiosidad (todavía a distancia, lo sé) por la disciplina del mindfulness, la conciencia plena.

¿Entendemos la conciencia plena como un nivel de vibración energética superior a la atención? No lo sé a ciencia cierta, sólo presiento cada vez más vivamente que este es un tema importante para quienes nos dedicamos al coaching, que es algo en lo que nos debemos preparar, sobre todo cuando nos orientamos al “coaching al liderazgo”, es decir a quienes lo ostentan o aspiran a tenerlo.

Después de conversar con otro coach que está más cerca de estos temas, mi sobrino Juanjo Pineda Vera, escribí en mi cuaderno de notas: “En este punto aparece el poder de la meditación y a través de ella el despertar de la curiosidad y la posibilidad de la sanación” sin duda imbuido por sus palabras.
¿La sanación de qué? Dejo la pregunta abierta por ahora y me quedo con la idea de que estar atentos al mundo que nos rodea y a nuestro interior sólo es posible cuando habitamos emociones que lo permiten. Tiene que estar lejos el odio, la rabia, la codicia, la envidia, que focalizan la atención en lo odiado, en lo que consideramos injusto para nosotros, en lo codiciado o lo envidiado. Requerimos una emoción de paz interior que debe ser lo que hemos llamado estar en nuestro centro. Y ese centro del coachee debiera ser el centro del coaching.

Juanjo me dijo “cuando estamos en nuestro centro un eje se armoniza: Razón- Emoción- Intuición y podemos centrarnos en un Foco”.

Todo esto para decir que, conforme avanzo en la experiencia de ser coach, se apodera de mí la convicción de que hacer coaching es un acompañamiento cuyo objetivo más profundo es provocar nuevas conversaciones interiores en el coachee en un espacio de paz y serenidad, en el que emerja su voz más auténtica desde los anhelos de su corazón. Creo que cuando eso nos sucede se aclaran nuestros pensamientos y surge la confianza y el amor por la vida que vivimos.

Y también, desde que he ido transformando mi manera de ver el coaching, suele pasarme que aparecen libros, artículos, autores que responden a mi curiosidad de forma sorprendente. Por ejemplo hablaba recientemente con mi cliente y amigo Silvio García sobre el filósofo coreano Byung-Chul Han y en el prólogo de su opúsculo “La sociedad del cansancio” dice: “Tal cansancio no resulta de un rearme desenfrenado, sino de un amable desarme del Yo”.

...Sino de un amable desarme del Yo ¡Qué inspirador! Byung-Chul habla de un cansancio curativo, de ese momento en que el coachee (nosotros mismos) nos percatamos que estamos presos de obligaciones, responsabilidades, activismo y nos damos cuenta que sólo podremos salir si nos decidimos a un último esfuerzo, a buscar en nuestro interior y hacer ese amable desarme. Puede ser esta la respuesta a la pregunta que dejé abierta unos párrafos atrás: ¿La sanación de qué?

Y sigo, anteayer una buena amiga me hizo llegar un resumen ejecutivo de libro de Otto Scharmer

“Abordando el punto ciego de nuestro tiempo” que, en sus 7 capacidades para el Liderazgo para tener una plena presencia, indica como primera capacidad, la de “Contener el espacio: escuchar lo que la vida nos pide que hagamos”
¿Qué le pide “la vida que vivimos” a los líderes en este siglo 21 que se ha iniciado de forma tan turbulenta? Parece que no les pide repetir la historia, porque caminos muy diversos nos han llevado a sociedades en las que no somos felices, les pide abrirse sin miedo a otra forma de escuchar.

Si esto les representa, si ustedes que lo leen, están de acuerdo, significaría que hace falta que nos replanteemos las capacidades de los coaches y su enfoque, para ser acompañantes de líderes.

Recuerdo que cuando me formé en esta disciplina, ya hace más de 21 años, bromeábamos al final de los cursos con sketches que parodiaban la formación que habíamos recibido: Coach y coachee frente a frente en un ring imaginario y después de preguntas al modo de golpes directos, crochet, uppercut o swing llegaba un golpe puñalada, un hook y el coaching se producía cuando las lágrimas anegaban los ojos del coachee. ¡Coaching, Coaching! Era el clamor de la sala como el que grita K.O., K.O.

Hoy, más que lágrimas, que puede haberlas, creo que ese momento surge en el proceso de desvanecimiento de una ceguera, de una traba, de la desaparición de una compuerta que da paso a una voz que no escuchábamos, a una perspectiva que no veíamos y que hace posible una conversación interior que reconocemos como profundamente nuestra.

Para ello puede ser que haya que enfrentar el lenguaje que hemos construido para defender lo que siempre hemos hecho, por ejemplo “centrémonos en lo estratégico”. Llamarle a algo estratégico es ponerle la etiqueta de adecuado, pero ¿Qué lo convierte en estratégico? ¿Que funcionó alguna vez? ¿En qué mundo? ¿Con qué personas? ¿Con qué tipo de clientes o ciudadanos?


El coaching al liderazgo debe invitar al cuestionamiento de la búsqueda de fortalezas y debilidades, de oportunidades y amenazas, que tienen el riesgo de volver a hablar desde donde siempre hablamos. Hay un camino de preguntas anteriores para todos nosotros: ¿Desde dónde hablas? ¿A quién y a qué estás sirviendo? ¿Qué llamado te mueve? ¿Qué estás dispuesto a ver y escuchar? ¿Qué estás dispuesto a dejar en el camino? ¿Te asomarías a una cámara indiscreta en la que escucharas lo que piensan realmente de ti? ¿Y para saber lo que te piden? ¿Serías capaz de aceptarlo sin llenarte de juicios y respuestas invalidantes? Todo esto porque antes del Hacer hay que entrar en el dominio del Ser o si la táctica no lo recomienda, al menos en paralelo.

Es muy fácil obrar cuando creemos que lo que hacemos en la sombra nunca se va a saber. El coach tiene la obligación moral de traer el escenario de la transparencia ¿Cómo actuaría en un mundo completamente transparente? ¿Cómo actuaría si todo debiese ser explicado desde la “verdad” de nuestra intención?

Las conversaciones interiores de las que hablo son conversaciones libres, no comprimidas por las emociones que nos conducen a la escasez y a la sequía, para lograrlo puede ser necesario aceptar lo inasible, lo que hasta ahora no ha tenido explicación, puede ser necesario no caer en la tentación de envasar las nuevas dinámicas que emergen en el mundo en las antiguas vasijas de explicaciones.

Abrirse a la conciencia requiere quitarse los viejos lentes que nos llevan a revisitar lo visto. Es una forma de desnudamiento, de aceptación de la vulnerabilidad al soltar eso que nos hemos acostumbrado a tener: ventaja ¿Cuánta ventaja necesito tener sobre los otros para liderar? ¿Implica ser líder tener esa ventaja para guiar a otros? ¿Podemos asimilar estas dos palabras: Líder y Guía? ¿Sirve hoy un Guía para abordar procesos transformacionales profundos? Una voz interior dice que no, pero nuestros patrones de conducta la desconocen, son sordos como eran ciegos los ojos que no veían.


A ese interior que discute consigo mismo se dirige el coaching al liderazgo. Así lo estoy intuyendo y así quiero contarlo, para abrir la conversación que espero. Ω