lunes, agosto 01, 2016

Coaching al vínculo de una generación: Los Milenial

En el número 8 de la Revista virtual "Conversaciones de Coaching" se recoge esta columna de "El arte de dirigir", destacándolo en la portada

En los últimos meses ha aparecido un quiebre recurrente en mis conversaciones de coaching a directivos, que me ha llevado a tratar de afinar mi reflexión, porque voy creyendo en la vida que  las coincidencias nos avisan de algo.

El tema en cuestión es la dificultad de la que se ha venido a llamar Generación “Y” (aquellos nacidos entre 1.981 y 1.995 en los albores del cambio de milenio y que se hicieron adultos en él) para establecer vínculos de pertenencia con las organizaciones de las que forman parte. Por cierto, el juicio de dificultad viene expresado por quienes son sus jefes,  que habitualmente no corresponden a este grupo etario.

Para ellos el problema es relevante y declaran que los llamados Milenials  no  se comprometan con las organizaciones en las que trabajan, se ven de paso, aprovechan la estancia en una sala de tránsito del viaje de su vida . Se preguntan entonces: ¿Cómo motivar a quienes no buscan el vínculo? ¿Cómo retener a quienes no quieren llegar?

Desde luego mi primera respuesta ha sido la de escuchar atentamente cuáles son sus intereses, qué les mueve, cuál es su búsqueda; desde mi convencimiento de que para dar motivos a alguien para establecer una conducta es importante conocer sus propósitos y valores. No podemos movilizar sin comprender y en el caso que nos ocupa su forma de ver las organizaciones y las relaciones que en ellas se dan no es casual, es la consecuencia de la sociedad  en la que nacieron y que fue, por cierto, construida o mantenida por quienes elevan o elevamos la protesta.

Desde un punto de vista práctico además, estudios como el de la consultora Deloitte establecen que en el 2.025 constituirán el 75% de la fuerza laboral en el mundo desarrollado. Esto pone una especial urgencia en comprender y diseñar el camino de encuentro entre unos y otros.



¿Qué buscan los  Milenials? ¿Cómo son, qué valoran? Al caracterizarlos surgen algunos aspectos interesantes a tener en cuenta: son nativos digitales, es decir viven en la permanente conexión por uno o más medios, han desarrollado capacidades de multitarea que les permiten tener un sentido diferente del manejo de la atención y la secuencialidad de prioridades, han generado una asertividad vinculada a su carrera. No vienen a hacer grandes a las organizaciones, vienen a hacer grande su carrera. Podemos acusarlos de egoístas, pero no olvidemos que son hijos de un mundo en el que predominó el individualismo sobre lo comunitario.

El psiquiatra y profesor de la Universidad de Harvard, Robert Waldinger , que dirige un importante estudio sobre la felicidad en los adultos, iniciado hace más de 75 años, se refiere a una encuesta realizada por dicha Universidad a una muestra de la generación “Y”, en la que al preguntarles cuales son las metas de su vida, el 75% responde que quieren ser ricos y el 50% que quieren ser famosos. Parecen tener claro que como empleados ni serán ricos, ni serán famosos.

Se trata, además,  de una generación con una opinión muy crítica de lo que ocurre y lo que ven en el día a día, tienen un alto sentido de sus derechos y para ellos los presupuestos de los que parte la interpretación tradicional del quehacer presente tienen un valor relativo y pueden responder a una declaración obsoleta o que sólo pretende ser políticamente correcta.

Las ideas y las ideologías no tienen el mismo valor que tuvieron para las generaciones precedentes. La obediencia y las jerarquías están en entredicho, por lo tanto la ejecución en sí misma carece de valor, lo importante es ser protagonista del diseño de lo que se hace, participar y colaborar; seguir instrucciones no responde a sus expectativas. La experiencia misma constituye el valor y el compromiso social que pueda traer aparejada lo maximiza. Todo ello parece lógico dentro del encuadre de que son viajeros y no tienen previsto encontrar su “estación termini” en una empresa.

Cuando lo miramos así, el coaching al vínculo hay que hacérselo a quienes les dirigen ¿Qué puede
retener a quienes buscan experiencias más que estabilidad o cargos sino es la calidad de los desafíos y el valor de esas experiencias? ¿Qué puede vincular (aunque sea temporalmente) a quienes ponen bajo un velo de duda la validez de los discursos y los supuestos sino es el ejemplo presente de quienes les dirigen? ¿Cómo podemos dar respuesta, como organización, a esos intereses de manera que sean compatibles con los nuestros? ¿Qué podemos aprender de esa mirada y qué paradigmas podemos cambiar en nosotros para habitar un futuro que es más de ellos que nuestro? ¿Cómo remo con ellos y no contra ellos?

Por otra parte el fenómeno no es tan culturalmente sorpresivo si revisamos  pensamientos como: "Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son manipuladores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura” encontrado en una vasija de arcilla cuya antigüedad está datada hace 4000 años en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) o cuando Hesíodo decía – 720 años antes de Cristo -  “Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible”

Las nuevas generaciones han supuesto siempre una fractura en el pensamiento y en la práctica de las anteriores, la pregunta entonces, como propone el consultor Alain Cardon es ¿Cómo lograr no desmotivar? Porque parece que las maneras en las que las jefaturas ejercen su jerarquía dejaron de movilizar a quienes hoy se sienten dueños del presente. Es más, si me baso en mi propio trabajo de consultor, dejando el coaching a un lado, los datos que obtenemos dicen que las jefaturas producen más desencanto que mística, son considerados más topes que palancas de desarrollo ¿No será eso lo que deberemos mostrar si somos sus coaches? ¿Por qué deberían seguirte, qué les ofreces?




¿Tendremos que reinterpretar el concepto de vínculo, pertenencia o estabilidad? ¿Podremos ayudarles a resignificar la riqueza y la fama? Mi apuesta es que necesitamos volver a hablar de un proyecto común de futuro que no de por supuesto que en el pasado tenemos las respuestas. Las espirales nos grafican esa maravilla de volver al mismo punto cardinal desde una cercanía distinta. Puede ser que los colonos deban volver a ser exploradores. Hoy llegarán, eso sí, a otro lugar de la  misma selva pero con naves digitales y puede abrirse la posibilidad de que aborígenes y exploradores establezcan un nuevo trato.

domingo, junio 19, 2016

La Política un dolor de todos y para todos.



En los últimos días se ha publicado un extracto de este artículo en los diarios "El Sur" de Concepción y  "El Centro" de Talca que escribí dentro de mi decidida intención de invitar a mis colegas coaches a pensar en el escenario de la vida política como en un espacio en el que actuar profesionalmente.



La política un dolor de todos y para todos.

En el diario El País  aparece una viñeta del gran humorista español “Forges”, en la que uno de sus hombrecillos con gafas (supuestamente un elector) con un papel en la mano le dice a otro hombrecillo con gafas que le extiende la suya (supuestamente un político): “Pero oiga, el programa electoral que me ha dado está en blanco…” y el segundo le responde “Claro ¿A usted que más le da?”.

A mi no me hace ninguna gracia, entiéndanme, creo que es una viñeta certera y dolorosa, que expresa en clave de humor uno de los dramas de la sociedad que estamos viviendo y que quiero calificar como la sociedad del abandono de la política, tanto por quienes ostentan el poder como por esa inmensa mayoría que debiéramos ser protagonistas de las democracias.

Cuando Jürgen Habermas habla del fracaso de la política,  está diciendo entre otras cosas que hemos permitido que muchos de los grandes problemas que tenemos como sociedad sean enfrentados desde perspectivas económicas y técnicas, dejando a un lado sus consecuencias políticas. Que siga habiendo desigualdad en el mundo, fenómenos como el de la forzada inmigración o el crecimiento de la violencia y la consiguiente inseguridad, solo reflejan ese fracaso.

¿Pero es consistente que si fracasa una propuesta política abandonemos la política? Si en una empresa fracasara el plan de gestión ¿Abandonaríamos la gestión? Cuando los planes de educación resultan inadecuados ¿Pensamos en abandonar la educación?

El problema por lo tanto como dice Josep Ramoneda no es la Política, sino la mala política y por tanto la gran tarea de todos es preguntarnos qué podemos hacer para mejorarla. Un observador reflexivo  llegaría a la conclusión que son momentos en los que más personas y sensibilidades debemos intervenir en la Política, en los que más talento hay que poner, que quienes se dedican al ejercicio de la política y quienes los eligen deberíamos abrirnos a nuevas preguntas y establecer conversaciones diferentes, más allá de dedicarnos a señalar con el dedo a los presuntos culpables.

El humor negro de Forges orienta su índice tanto al político vacío como al ciudadano que da la espalda a la política y deja un espacio también vacío, que sin duda otros intereses ocuparán. No es mi objetivo en esta columna defender a los políticos, que sin duda son parte del problema, sino mostrar el efecto de  generalizaciones que pueden contribuir a un desenlace de imprevisibles consecuencias para nuestra sociedad, porque esto ocurre cuando el propio concepto de la representación se ve afectado por otro efecto sobre el que tenemos poco conocimiento como es el impacto de las redes sociales y la tecnología.

Si algo podemos ver en las redes sociales es que acortan los espacios y aceleran los tiempos. A primera vista podemos considerar que tiene ventajas, pero no es fácil gobernar, ni vivir, en un espacio más delgado y en un tiempo acelerado, no estamos al mismo ritmo mental ni social. No es bueno que esa inmediatez haga que desaparezca el valor de los debates en profundidad,  en los que nuestra mejor idea de lo político se fundamentó.


Requerimos más conversaciones significativas y no tantos eslóganes, más resignificación de los valores y menos alabanzas a los éxitos fáciles, más colaboración que competencia, más participantes en la construcción y menos furiosos quejándose desde las redes. Eso supone  trabajo, búsqueda de lo esencial y  mejores conversaciones con si mismos; por eso vislumbro, en mi calidad de coach, un espacio poderoso para participar  en la necesaria reconciliación con una política también necesaria.

sábado, junio 11, 2016

La condición moral


Leo la columna del gran escritor españoJavier Cercas titulada "Buenos políticos y políticos buenos" y me convoca su reflexión a profundizar esa vertiente del coaching que debe estar presenta tanto en el coaching político como en el coaching directivo y es el enfrentamiento del coachee a la bondad de sus actos ¿Para quien son buenos? ¿Cómo mejora el mundo con esas decisiones y esos actos? o ¿Qué mal indeseado pueden producir?.

Precisamente hace unos días en el coaching a uno de mis coachees del mundo político nos dimos cuenta que  terminábamos ambos con los ojos brillantes. Yo le dije:

- De pronto tengo la sensación que esto que hemos hablado podría ser también una conversación en la parada de un camino espiritual".
- Sí, así lo vivo yo- me respondió él sonriendo.

Me quedo con esta perla cultivada de Cercas

"Por supuesto, la política y la moral son cosas distintas (y confundirlas suele provocar resultados catastróficos, como ocurrió en la Unión Soviética y sus satélites). La moral es privada e individual, mientras que la política es pública y colectiva; la moral atañe a los actos y se juzga por las intenciones de quien los lleva a cabo, mientras que la política atañe a las consecuencias de los actos y se juzga por los resultados que obtiene. Lo cual significa que una persona magnífica puede ser un pésimo político, pero no que la calidad moral de una persona sea indiferente en política. Ni hablar: la prueba es que es difícil que una mala persona sea un buen político; o, más generalmente, un buen profesional. 

Esto no lo digo yo, que para la FAES debo de ser un buenista peligroso, sino la neurociencia, o al menos el gran neurocientífico Howard Gardner. Gardner sostiene que no existen buenos profesionales que sean malas personas; para él, es imposible lograr la excelencia si uno se limita a satisfacer el ego, la ambición o la avaricia, si uno no es capaz de comprometerse con objetivos que superen las propias necesidades para satisfacer las de otros, lo que exige fuertes principios morales: si se carece de ellos, concluye Gardner, se puede llegar a ser un profesional correcto, pero no sobresaliente."

martes, mayo 10, 2016

Desde donde hacemos el Coaching

Nuevamente tengo el privilegio de ser publicado en la Revista virtual "Conversaciones de Coaching", esta vez en su número 7. Esta fue mi columna

Desde dónde hacemos el Coaching


En las últimas semanas la lectura del libro de Marcelo Krynski “GPS para coaches y coacheados del siglo XXI” y una posterior conversación con uno de mis maestros en el primer aprendizaje del coaching: Julio Olalla, repuso en mis conversaciones interiores la importancia del “desde dónde”, sobre la importancia del “cómo”.

Cuando hablamos del “cómo hacemos coaching”, solemos entender que estamos refiriéndonos a estructuras, herramientas y metodologías y que cuando hablamos del “desde dónde hacemos coaching”, estamos hablando de creencias, comprensiones y espacios emocionales, es decir que hablamos del ser que somos y de las creencias sobre el ser que es el coachee.

En el Colofón del libro de Krynski ,que tuve el privilegio de escribir, me refiero a mis aprendizajes más importantes en la práctica del coaching y digo: “Entendí que los contextos configuran estructuras de relación y en definitiva, como las culturas, determinan el espacio de lo posible. Eso me llevó a cambiar mi concepto de la eficiencia en el trabajo del coaching, aceptando que primero tenía que establecer el contexto para poder llegar a nuevas conversaciones posibles”.

Quise expresar aquí, que los contextos están más influenciados por el lugar desde el que partimos para acercarnos a lo que queremos lograr, los valores que mueven nuestro hacer, los juicios sobre el coachee, sobre el propio concepto de posibilidad, el cuidado por el otro, la búsqueda de nuestro acto, la entrega al desarrollo del otro, la libertad de no dejarnos oprimir por una metodología, la apertura a que el aire que deba entrar en esa estancia misteriosa de la transformación, pueda efectivamente entrar.

Más adelante digo “Claro que el nuevo contexto es otro tipo de estructura, en ese sentido en que los padres de la PNL plantean que la magia tiene estructura. No es entonces un problema de estructura o no-estructura; tiene que ver con una disposición fundamental a escuchar lo que el momento nos pide, lo que la vida nos pide; implica poner sobre todas las cosas al propósito”

¿Y cuál es el mejor propósito del coaching sino el acompañamiento de otro para que alcance su mayor despliegue de capacidades? Desde mi punto de vista que ese despliegue de capacidades mejoren el mundo que habitamos, empezando por su entorno más próximo.
Y a mi entender que ese despliegue no se quede sólo en sí mismo depende, en gran medida, de si el contexto creado trasciende al propio coachee y le invita a mirar el mundo, lo que pasa fuera, a sus posibilidades de ser un actor activo, a la interdependencia de su hacer con el sistema en el que lo hace, de su vida con la Vida.

A la vez creo que podemos estar de acuerdo que inspiramos a una vida mejor cuando esa vida mejor es reconocible en nosotros y desde ella acompañamos y hacemos del coaching una tierra llena de semillas que no se agotan en quienes las reciben.


Puede parecer que nos encontramos ante el permanente diálogo sobre fondo y forma, en el que ambos son importantes y el “cómo” tiene que ver con la forma y el “desde donde” se refiere al fondo. No negaré que esa es una de las lecturas implícitas y sin embargo esa conversación interior que el libro y el diálogo a los que me he referido me provocan me lleva a considerar que el “desde donde” es más que un fondo; es un origen, un impulso que va mas allá de la técnica y la intención, una fuente de inspiración que se produce cuando estamos conectados con algo que nos supera y que aparece en el acto de servir. Puede ser que esté hablando del amor.

Foto de Riyad Aljarei

viernes, abril 08, 2016

Coaching al Postconflicto

“Cuando tenemos un conflicto tenemos un problema”, pero nosotros los coaches sabemos que es importante profundizar en las distinciones y siendo aceptado lo anterior en el lenguaje coloquial, conflicto y problema no son lo mismo.

Si indagamos más sobre lo que es un problema, llegamos a la idea de una proposición difícil, algo ante lo que no tenemos una respuesta en nuestra habitualidad, pero que con cierto esfuerzo y/o apoyo podemos llegar a solucionar. Tenemos muchos problemas en la vida.

Cuando hablamos de conflicto, ya la primera acepción del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) nos sitúa en “Combate, lucha, pelea” y si vemos su acepción psicológica se define como “Coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo, capaces de generar angustia y trastornos neuróticos”. Hay algo que inmediatamente salta a la vista y es que cuando hablamos de conflictos, la emocionalidad está presente. Más que un desafío para nuestra racionalidad se plantea un desafío para la gestión de nuestras emociones y nuestros sentimientos.

Si pensamos en un individuo colectivo como puede ser una nación y esa nación es Colombia, rápidamente nos situaremos en lo que los colombianos denominan el Postconflicto, ese momento negociador, aparentemente más fácil, que hoy les preocupa y que es el centro de las conversaciones nacionales, después de que pareciera haberse detenido el Conflicto con mayúscula, el de la lucha armada contra las guerrillas, los rebeldes según algunos o los terroristas según otros (ya vamos viendo qué observadores tan distintos de la realidad son quienes utilizan estos calificativos), el conflicto que ha mantenido al país durante más de 50 años en un estado de alta inseguridad y violencia.

Hago aquí un alto en el camino para plantear el propósito de este artículo, no siendo yo un comentarista político (por mucho que me interese la Política), ni un especialista en la solución de conflictos armados (por mucho que me “rearmen” los conflictos) ¿Cuál es entonces? Llamar la atención sobre las posibilidades que actores como los coaches pueden tener para favorecer el manejo del postconflicto a través del acompañamiento y el diseño de escenarios en los que una situación como la que vive Colombia (y por cierto otros países) pueda ser abordada de formas diferentes y más favorables para encontrar la ansiada Paz.

Basta con leer las declaraciones del Presidente Juan Manuel Santos al diario al País del 13 de marzo de este año, diez días antes de que se incumpliera el plazo que el Gobierno y las FARC se habían dado para firmar el acuerdo de Paz y las que a ese mismo diario dio el exPresidente Álvaro Uribe, 7 días después del plazo incumplido. El primero defendiendo el diálogo que su Gobierno ha impulsado, el segundo considerándolo una concesión que vulnera los principios sociales más elementales y que podría haber resuelto así  Andrés Pastrana en el año 2000 cuando era Presidente de Colombia. Sin duda revelan dos visiones muy distintas del proceso y sus soluciones desde la que podríamos llamar la Sociedad Civil ¿No quieren entonces lo mismo los colombianos que dicen querer esa Paz? ¿Qué está pasando?


En palabras del Presidente Santos “Liderar un país en guerra es relativamente fácil. Uno muestra los trofeos, la gente aplaude y se mantiene popular. Hoy es más difícil porque hay que cambiar los sentimientos de la gente, las percepciones, enseñar que en vez de clamar venganza hay que aprender a perdonar”.

No cabe duda de que el perdón es un requisito, porque de lo que se trata es de iniciar una nueva etapa de convivencia, la conversación mayor es la de construir un nuevo proyecto de país ¿Se está hablando de eso? Es posible que para muchos esa conversación aún no sea posible porque no han llegado a ese perdón y desde el odio, desde el rencor y la desconfianza los seres humanos no construimos. Aparece aquí un espacio interesante de articulación de conversaciones que tienen otro cariz y van más allá de los simples términos de una negociación que ponga punto final a un estado del que decimos querer salir.

Pero salir implica saber hacia dónde ir, significa tener una Visión común y un proyecto que la haga viable. Está bien haber avanzado en acuerdos de desarrollo rural, de participación política y condena y erradicación del narcotráfico. Ha sido valioso llegar al acuerdo de las víctimas. Es bueno que se siga avanzando en acuerdos sobre la aprobación de zonas de desmovilización, desarme y reintegro a la vida civil, pero no podemos olvidar dos aspectos íntimamente relacionados. El primero es que los conflictos que sin duda son desagradables para quien está en ellos, a la vez están sostenidos por algo, de alguna forma dan sentido a quienes los mantienen en la medida en que se sienten defendiendo un interés, una causa, una ideología y desde esa defensa han construido su identidad.

Sólo se puede avanzar sosteniblemente cuando somos capaces de recuperar la
sensación de tener un nuevo sentido en la también nueva situación que vamos a vivir ¿Cuál es el sentido para los miembros de la guerrilla? ¿Cuál el sentido para los colombianos que han sido victimas de la situación? ¿Con qué dignidad van a sentirse unos y otros a partir de la Paz negociada? Si esto no está resuelto no deberíamos olvidar entonces que los sistemas tienden a permanecer, porque de alguna forma junto a sus inconvenientes mantenían un equilibrio que justificaba los roles que las partes estaban teniendo.

Se abre, por tanto, la gran conversación social de cuáles son los valores que vamos a privilegiar. He sostenido muchas veces que siendo defendibles todos los valores, no siempre es posible considerarlos de igual importancia en un momento concreto de la sociedad y es necesario elegir cuáles privilegiar. En este momento Colombia tiene que optar por poner por delante el valor de la Convivencia en Paz o el de la Justicia hasta sus últimas consecuencias. Decisiones como las de una Justicia transitoria dan cuenta de una de las opciones.

Podemos entender la frustración de quienes se sitúen en la posición del rigor de una Justicia absoluta, desde su óptica las negociaciones suponen una puerta a la impunidad. Podemos entender la posición de quienes quieren ante todo una Colombia que construya un futuro de convivencia de ciudadanos que hayan quitado el odio de sus corazones, para ellos no abrir la puerta a un avance mayor supone negarse a una auténtica reconciliación.

Lo planteo de esta manera para dejar entrever la existencia de un contexto donde el diseño de conversaciones diferentes y su articulación constituye un “servicio” relevante, tanto en su perspectiva colectiva, como en su dimensión individual. Es más, entiendo que es la forma de salir de las posiciones que aún mantienen una relación de lejanía sin armas, pero con la potencialidad de volver a cargarse.

Me viene a la memoria la frase que empañó de cierto desencanto el proceso de transición a la democracia de mi país: España. Una transición que tuvo fases y aspectos modélicos, sin embargo ante las dificultades para renovar el sentido en el marco de un nuevo proyecto común, llegamos a acuñar el dicho “Contra Franco vivíamos mejor”. Es decir, contra el dictador teníamos un propósito claro que nos unía ¿Qué nos falta ahora cuando el camino parece pavimentado para dirigirnos a un futuro mejor? Simplemente que las partes privilegiaron sus propios intereses a los de una idea de País que recogiese claramente la intersección de la mayoría de los anhelos.

¿Cuál es el proyecto de Colombia para el siglo 21? ¿A qué anhelos hay que dar respuesta? ¿Sobre que bases mínimas hay que conversar? Esta es una tarea en que los coaches pueden encontrar cauce para entregar valor social, abriendo las preguntas sobre los núcleos de sentido que hay detrás de la negociación y del futuro que propone, mas allá de los problemas del presente.

Y no quiero referirme sólo al fondo de las mismas, siendo este aspecto central, sino también a la forma humana en la que se realicen. Cabe citar a William Ury, uno de los tres creadores del llamado Método de Harvard de negociación (ganar-ganar) cuando decía que el 10% de las dificultades para el acuerdo está en las diferencias de fondo y el 90% en el tono. Muchas veces ese tono es mas revelador del nivel de legitimación que damos a la otra parte y esa legitimación establece la frontera de la dignidad que le reconocemos. No construimos futuro que no asegure nuestra dignidad y la esperanza de ser protagonistas. No hay nada mas importante para el ser humano que sentirse vistos y reconocidos, nada más terrible que pasar a ser invisibles, de lo contrario pronto podríamos estar buscando otra forma de volver a ser protagonistas, bien por ser queridos o por ser temidos


Si la sociedad colombiana tiene temor a un marco de convivencia con guerrilleros que sólo saben usar la violencia por las armas es poco probable que puedan confiar en acuerdos que supongan integración e inclusión ¿Qué protagonismo pueden tener unos guerrilleros que no tienen otro rol que vivir fuera de los circuitos sociales de un país que difícilmente sentirán suyo? ¿Qué colaboración puede esperarse de una fuerzas armadas que se sienten más severamente juzgadas que aquellos que fueron subversores del orden social? ¿Cómo pueden colaborar desde la apertura quienes tienen miedo?

Abro estas interrogantes porque considero que es el poder de preguntas que nos lleven a sentir/entender la postura de los otros y las emociones que las sustentan, que nos acerquen al lugar desde el que esos otros se sienten fuera de una mecánica teórica de construcción, el que puede permitirnos crear las bases y los espacios para esa larga conversación de convivencia que supondrá el Postconflicto.

Para unos se abre el camino del perdón y de la liberación del miedo y el odio, para otros el camino de la reinvención de un nuevo protagonismo social basado en la colaboración y no en la guerra. La mera separación de mundos para que unos puedan subsistir y otros se sientan más seguros sólo puede considerarse como una tregua. El Postconflicto finalmente se constituye en el aprovechamiento de esa tregua para construir Sociedad, para construir Patria Común, nueva casa de todos.

Esta bien preocuparse de cómo va a ser la nueva casa, donde será, cómo se financiará, eso tiene que ver con la gestión del cambio, pero quienes nos dedicamos a esto sabemos que el éxito se juega en hacerse cargo del impacto humano de ese cambio, lo que pasa dentro, la sensación de pertenecer o sentirse excluido, la sensación de haber ganado o haber perdido. El encuentro con una nueva dignidad.

No olvidemos además que todo esto ocurre, las conversaciones a favor y los movimientos en contra en un momento en que la inflación se ha disparado y el peso colombiano ha sufrido una fuerte devaluación frente al dólar. Un escenario adverso cuando hay que pensar en cómo generar esa sociedad que haga no preferible la violencia.

La situación no es fácil, pero constituye un desafío histórico y la humanidad ha sabido responder históricamente a aquellos llamados que han invitado a sacar de nosotros la semilla más generosa. Y porque entiendo que este desafío se juega en conversaciones de liderazgo, de valores, de reconstrucción de protagonismos y dignidades, más que de repartos y escudos defensivos es por lo que escribo estas palabras, preferentemente dirigidas a quienes desde cualquier rol tomen la decisión de pensar en la Colombia que quieren vivir.