viernes, diciembre 16, 2011

Dirigir: Una responsabilidad con el Futuro


Termino de escribir  en el avión  un artículo para la revista Desafio  que he titulado Alegato a favor de la esperanza” y empiezo, a continuación, a leer  el último libro  de Daniel InnerarityEl futuro y sus enemigos y siento  una vez más la presencia de la “sincronicidad” esa certeza de que es el libro  que debo leer en este momento para sentirme parte de una forma de pensar que pide a gritos que nos detengamos a pensar en el futuro.

El ser humano  es el único en el reino  de los seres vivos que sabe que hay futuro. Si los humanos se preocupan  y esperan es porque saben que el futuro existe, que este puede ser mejor o peor y que eso depende  en alguna medida de ellos”. 


Así empieza el libro de Innerarity. Ahora bien ¿Qué pasa cuando hemos construido  una imagen de un futuro  caracterizado por la escasez, por la imposibilidad  de ser configurado, por su invisibilidad? ¿Qué sucede cuando vivimos en sociedades  y organizaciones  en que el futuro   es una cosa de unos pocos, a la vez que el acceso a la información permite a todos ansiar un futuro mejor? ¿Qué ocurre  cuando los dirigentes  se centran  en el presente detrás de unas gafas miopes,  que construidas por la creencia de que la aceleración es  indetenible no postulan sino aprovechar lo que tenemos hoy, competir, sacar las ganancias del presente que nos sea posible, si es que realmente podemos?

Pasa  que generamos ciudadanos, empleados y jóvenes que sienten que les estamos usurpando  su futuro, un futuro que no es sino su propia vida ¿Cómo lograr que se comprometan con un proyecto, sea este empresarial   político o social?


Establecer  que el futuro  no depende  de nosotros y que está determinado por la economía o la tecnología es “poner el carro delante de los bueyes” y aceptar que la economía o la tecnología se mueven por sus propios principios   y no por los valores y las intenciones que los seres humanos les damos.

Si aceptamos  que se detenga el ritmo de la producción tecnológica para lograr  que el ciclo  de la vida  de los productos  permita rentabilidad para las empresas que las producen, como así ocurre, ¿Por qué no aceptar que detengamos ciertas dinámicas  en aras de resultados socialmente útiles y necesarios para la “ecología de la vida social” y la felicidad humana?

Claro que para esto requerimos de un perfil  de competencias  en directivos y políticos  que además de conocimientos técnicos  para el ámbito en el que operan, tengan conciencia  social, conozcan la complejidad  de lo humano y sus interacciones y traigan  optimismo. Lo peor que puede pasarnos es que solo pretendan un empleo  y no una causa
 

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