sábado, julio 12, 2014

El ENCUENTRO DEL COACHING Y LA POLÍTICA



 En el número 1 de la Revista Digital argentina "Conversaciones de Coaching" han publicado el artículo que me solicitaron sobre el "Encuentro del Coaching y la Política". Lo subo a este blog para quienes siguen mis reflexiones desde esta plataforma.

¿Podemos eludir la Política?

Me han preguntado muchas veces  qué puede hacer  el  coaching en el ámbito de la Política o por qué un político podría encontrar interés en el coaching, qué valor le agrega. Me han preguntado también cómo hacer coaching político cuando los  coaches, como ciudadanos que somos,  tenemos ya una visión política que permeará nuestra forma de actuar, es decir nos impedirá la neutralidad que es un presupuesto bastante debatido de nuestra actividad (¿Podemos ser neutrales?).  Son preguntas desde la lejanía, detrás de ellas suelen existir muchos juicios sobre la conveniencia de entrar en un mundo tan desprestigiado sin participar de ese descrédito.



¿Por qué entonces promover este encuentro del Coaching y la Política? La primera respuesta que me surge es porque entre las cosas más importantes y dignas de interés en la vida está la política dado que somos  seres sociales que vivimos en comunidades organizadas. Eso, claro, habla de mí y mi visión del mundo, por eso suelo dar algún rodeo para que quienes me preguntan revelen lo que es importante para ellos y me hablen de la familia, de la felicidad, del amor, del trabajo en el que se realizan, de un mundo mejor y más sustentable. A partir de esas respuestas  es más fácil empezar a construir un lenguaje común y distinguir que casi todo ello está referido a nuestra vida colectiva, a lo que nos ocurre por ser sociales, por “ser” con otros y entonces la pregunta de vuelta es ¿Cómo puede no a interesarnos la política? Y si nos interesa ¿Cómo no ponernos al servicio si decimos que el coaching es una herramienta poderosa para acompañar la búsqueda de nuestra mejor versión, nuestro mejor desempeño o la adopción de mejores perspectivas?



El filósofo francés Michel Foucault se respondía: “¿Por qué me interesa tanto la política? Si pudiera responder de una forma muy sencilla, diría lo siguiente: ¿Por qué no debería interesarme? Es decir, qué ceguera, qué sordera, qué densidad de ideología debería cargar para evitar el interés por lo que probablemente sea el tema más crucial de nuestra existencia, esto es, la sociedad en la que vivimos, las relaciones económicas dentro de las que funciona y el sistema de poder que define las maneras, lo permitido y lo prohibido de nuestra conducta. Después de todo, la esencia de nuestra vida consiste en el funcionamiento político de la sociedad en la que nos encontramos.”
  
Pero en la práctica, me dicen entonces, la política termina siendo usada en beneficio propio, el poder corrompe, los políticos no nos representan. Yo no puedo negar que eso ocurra, pero tampoco podemos negar que hacemos más daño a los que más amamos, que la belleza caduca, que muere y se pudre lo que estuvo vivo y lozano, que lo que sirve para lo mejor podemos usarlo para lo más bajo ¿Es culpa de la Política o de la falta de Ética de quienes la practican? Sin embargo la falta de ética no nos lleva a hablar mal de la ética, distinguimos entre el comportamiento ético y aquellos que no lo son, pero no distinguimos en el hablar coloquial entre la Política y los comportamientos de los políticos no éticos, que podríamos decir que terminan no siendo “políticos” en la medida en que no contribuyen a los objetivos que el pensamiento político declara.

Otro francés, mi amigo Denis Gallet me regaló una frase de San Francisco de Sales que me ha ayudado mucho a aclarar lo que quiero decir. Fue también una respuesta dada en un contexto muy  complejo de la iglesia de la época en Francia (finales del siglo XVI principios del siglo XVII) aunque podría haber sido valida en este siglo y en cualquier país. La iglesia había perdido el rumbo, tanto sacerdotes como prelados abusaron por mucho tiempo, amparados en su pódium espiritual, se habían puesto al lado de los poderosos, desoyendo el llamado evangélico. El punto es que un feligrés muy desencantado comentó un día a San Francisco que había perdido la fe por estas conductas anticristianas y él le vino a responder que, efectivamente, cuando un ministro de iglesia hacía lo que él señalaba, cometía un asesinato espiritual, pero cuando él, como consecuencia de lo que los religiosos hacían tomaba la decisión de abdicar de sus creencias y de su fe, estaba cometiendo un suicidio espiritual.

Terminamos siendo nosotros quienes damos poder a las conductas que abominamos. Cuando debido a los abusos de muchos políticos nosotros nos alejamos de la política, dejamos el principal espacio de organización de la sociedad a quienes condenamos desde nuestros juicios. Dicho de otra manera, cuando los mejores se alejan de la política, dejan el espacio a los peores. Dejar de participar o de ejercer la rebelión implica colaborar y ser corresponsable de lo que decimos despreciar.

Y curiosamente hacemos esto en un tiempo como el actual en el que es  más difícil que nunca ejercer el poder y por causas múltiples. Hablaré de ello más adelante, quiero terminar el argumento de mi inquietud y es que nos desinteresamos de la política (los coaches también) por incapacidad para asumir nuestra responsabilidad ciudadana o por ignorancia de ella. Foucault se plantea “sólo podría responder mediante la pregunta respecto de cómo podría no interesarme”. Qué tiene que ocurrir en nosotros para que nos deje de interesar, qué simplificación del mundo y la vida, que olvido del futuro, cómo podemos separar los valores de los políticos de aquellos que tiene la sociedad de la que surgen y que los elige, qué calidad moral puede permitirnos esa distancia, qué fantasía sobre nuestro individualismo.

Consideramos que el descrédito de las instituciones nos permite posicionarnos en el no creer y no participar. Desde mi punto de vista el auténtico problema es no creer en nada, sostener que alguien nos quitó los pilares  básicos que apuntalaban los cimientos de una supuesta ingenuidad crédula. Sabemos que el cerebro humano es realmente eficiente en encontrar explicaciones que le des-responsabilicen.


En su novela “El sentido de un final”, Julian Barnes pone en unos jóvenes estudiantes de mi generación la provocadora posición que llamaban “el escepticismo purificador”, aquel al que llegaban por la convicción racional de que había que dudar de todo. El escéptico purificador  postula no creer en nada porque nada es verdad y paradójicamente se siente en posesión de esa verdad, que parece ser  precisamente la única porque es la suya. Lamentablemente es una verdad que les sitúa en la imposibilidad. El drama entonces es qué proyecto es posible compartir desde ese punto de vista. Sólo parece dejarnos la posibilidad de un mundo que podemos vivir como una nueva anarquía o como el individualismo más exacerbado.

Quiero llegar con todo esto a plantear mi alegato de por qué los coaches estamos invitados a poner nuestro talento al servicio de quienes mantienen y alientan alguna dimensión de lo posible. Tenemos una oportunidad, un desafío y una misión: colaborar a conservar la esperanza de que el mejor estado de lo humano se produce en la experiencia de lo social, no porque no sepamos estar solos, sino porque somos depositarios de sueños, de afectos y de capacidades transformadoras, porque tenemos aspiraciones y una dimensión espiritual que nos lleva a buscar el bien y la trascendencia. Y todo ello permite la existencia de un proyecto común e inclusivo de las diferencias y las diversidades.
Termino este punto dejando mi pregunta ¿Podemos sustraernos los coaches de participar ante el quiebre más importante que vivimos: nuestra incapacidad para vivir la convivencia en sociedad?


Estamos hablando del Poder

Lo podemos expresar de diferentes maneras, más prácticas, más simbólicas, más poéticas, pero cuando hablamos de coaching hablamos de acompañar a otros a que desarrollen más poder en sus vidas, en sus profesiones o en sus roles, sea reinterpretando su espacio, deshaciendo limitaciones o construyendo nuevas capacidades de acción

Por eso cuando hablo de coaching político no quisiera confundir lo político con lo público. Público o privado tienen una connotación de propiedad. Político tiene una connotación de dirección y gobierno, de gestión de y hacia la posibilidad. Tiene que ver con el poder. Por lo tanto no hace referencia exclusiva a quienes están en el ámbito de la Política de Gobierno de Países, Regiones, Municipios o de quienes forman parte de grupos que apoyan o se oponen a ese Gobierno, sino también de aquellos que tienen que dirigir organizaciones en un entorno complejo, porque cuando hacemos coaching político estamos haciendo coaching al Poder.

Alguien podría decirme que quien tiene el poder no requiere coaching, ya tiene ese poder. Como argumento para empezar a conversar es válido, si bien enseguida nos encontraríamos con la posibilidad de trabajar la relación entre ese ejercicio del poder y con el Sí mismo, con el yo de cada uno de esos ejercientes y los daños que puede sufrir o con una de las más importantes preguntas para quien tiene el Poder: ¿Poder para qué? O podríamos encontrar la opción del coaching para el proceso de acceder al Poder o la forma de traspasarlo y vivir sin él. No voy a desarrollar estas opciones en este artículo, quiero centrarme en lo que ya antes anunciaba, en la dificultad de ejercer hoy el poder, en lo que Moisés Naím llama el deterioro del poder en su interesante libro “El fin del Poder” (Ed. Debate 2013)


Hace muchos años, cuando dirigía en España una Escuela de Negocios, tuvimos una reunión con directivos de las empresas que eran nuestros principales clientes, queríamos saber cómo mejorar el curriculum de nuestro MBA, uno de ellos al llegarle el turno de palabra planteó: cada vez sabemos más de finanzas, de marketing, de procesos, cada vez aplicamos mejor la tecnología y mejoramos nuestros sistemas de selección de personas y retribución, pero no logramos que la gente haga lo que queremos que haga. Aquella frase permaneció en mi mucho tiempo, hasta que un día la decodifiqué en un mensaje que constituye una de mis referencias: “Cada vez tenemos más conocimientos, más medios y recursos, más procesos, pero tenemos menos poder”.

Nunca ha sido tan difícil ejercer el poder porque  nunca ha sido tan complejo el escenario para ejercerlo. Nunca quienes llegan a puestos de dirección o gobierno han quedado tan sorprendidos por los numerosos límites a ese poder y por la facilidad para perderlo, a no ser que opten por cambiar las reglas de juego y regresar al autoritarismo y las dictaduras, encubiertas o no.

Una de las principales contribuciones del coaching político es acompañar en el entendimiento de esos escenarios, de los múltiples factores y actores que los conforman. Solo si el directivo político amplía su capacidad de escuchar sensiblemente podrá intervenir con éxito en el mundo que tiene ante sí. Y esa escucha supone aceptar los profundos cambios que están operando velocidades inconcebibles hace unos años:
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  •        Ha cambiado la relación entre tamaño y poder.
  • ·         Se está transformando el sentido de representatividad. La mera elección o el nombramiento no es suficiente.
  • ·         Las nuevas generaciones no quieren preservar las mismas cosas que querían preservar las anteriores.
  • ·         Se han restringido los ámbitos de acción, la propia desconfianza sobre el comportamiento de los poderosos nos ha llevado a regulaciones y restricciones.
  • ·         Los canales de comunicación han tenido cambios revolucionarios que permiten que las opiniones se generen de una forma distinta.
  • ·         Esa facilidad para conectarse ha hecho que existan grupos de pensamiento que en otro momento hubieran requerido medios  difíciles de obtener. Ante este fenómeno las instituciones y los partidos políticos están perdiendo su predominancia.
  • ·         La velocidad de reacción actual de los grupos sociales obliga a los Gobiernos, y a quienes ejercen el poder, a tener planes alternativos que en el pasado no eran necesarios. No es fácil aplicar hoy la estrategia de los hechos consumados.
  • ·         La aparición de pequeños actores que representan a pequeños grupos que atomizan la sociedad.
  • ·         La pérdida de la esperanza en un mundo prometido que después fue traicionado por quienes tuvieron la oportunidad de construirlo está cambiando profundamente la actitud ante quienes detentan el poder.  

La lista es muy larga y no se agota en las viñetas anteriores, sólo pretendo dar cuenta de una complejidad inusitada que concurre al mismo tiempo y sin señales de término.  No podemos decir, por tanto, que no hay “quiebres” en el mundo del Poder, tal vez ello explique que no motive a buena parte de la juventud a participar en él, lo que puede traernos uno de los principales desafíos para quienes creemos en el valor de la democracia, aunque esté pasando por un profundo resfrío.

Las preguntas con las que quiero terminar, para  poner fin a este artículo, hacen referencia al sentido de responsabilidad para intervenir en el mundo del que somos parte:
·         ¿Puede ser el coaching una herramienta para el empoderamiento ético?
·         ¿Tienen los políticos honestos  quiebres para requerir apoyo en la construcción de una convivencia y un mundo mejor? 
·         ¿Queremos colaborar en ese mundo?
·         ¿Qué nos lo impide?
·         ¿Podemos ser Parte si nos desentendemos del Todo?
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Mi respuesta ha sido desde hace años y sigue siendo que sí quiero, que nada me lo impide salvo que sea incapaz de ser percibido como una oferta para el directivo o el político que se enfrenta a ese ejercicio difícil del poder, y esa es tarea mía, como lo es para todos en la vida ser la mejor oferta para poder servir a lo y los que nos importan y conservar el mejor propósito. Tal vez me pesa (si es así, bendito peso) aquel eslogan de mi generación utópica, la del 68: “Si no soy yo, ¿Quién? Si no es ahora ¿Cuándo?”

1 comentario:

Rosa dijo...

Si tienes razón, hoy, el ejercicio del poder se acota y en algunos casos por la ineficiencia o por la deshonestidad, dejan de ser actores de cambio en su comunidad. Por lo menos en México esto está sucediendo, al final someten su libertad, a los requerimientos de los partidos.