miércoles, noviembre 19, 2014

Dirigir creando comunidad




Me he hecho muchas veces la pregunta de qué cambia y qué permanece en el arte de dirigir a través de los tiempos o en los distintos contextos en que se mueven las organizaciones y los grupos humanos. En ese preguntarme ya parto del supuesto de que hay cosas que permanecen y otras que se transforman y baso mi supuesto en la observación de un mundo que cambia,  de una biología que cambia, de ritmos que varían, de innovaciones e inventos, de conocimientos que nos transforman y  también de ciclos que vuelven, de valores que permanecen, de una esencia de lo humano que se mantiene a lo largo de los siglos que conocemos.
  
No es este un artículo para inventariar esos factores clasificadamente, sino más bien para subrayar como algo lógico el que cambien los lenguajes y los propósitos a la hora de dirigir. He citado más de una vez algo que me impresionó en septiembre del 2.010. En esa fecha se celebró el Congreso Mundial de RRHH en Montreal al que asistió el psicólogo chileno Ignacio Fernández y tuvo la ocurrencia de tuitear lo que allí sucedía. En uno de sus tuits dio cuenta que el profesor experto en organizaciones Henry Mintzberg dijo en su conferencia, que a pesar de lo que había mantenido en sus numerosos escritos, al describir el mundo organizacional como un entramado de estructuras, funciones y procesos, hoy no concebía  que en el siglo 21 triunfen empresas que no se conviertan en una comunidad. Lo releí: comunidad.  Distinguí: no ha dicho secta, sino comunidad.


A finales de los años 80 leí el libro de Mintzberg “La estructuración de las organizaciones”, en el que

hablaba de flujos de información, descripciones de funciones y puestos, adoctrinamientos, superestructuras y agrupaciones de unidades. Eran más de 500 páginas, pero en ninguna de ellas recuerdo que hablase de comunidad o de algo que se le pareciese.  Veinticinco años más tarde considera que ese es el factor fundamental. No pienso que es de sabios rectificar, sino que el profesor ve hoy en el escenario en el que vivimos aspectos que antes no veía.



Precisamente en estos días con un grupo de amigos coaches (entre los que por cierto también está Ignacio Fernández) estamos hablando de qué significa ser comunidad y esto porque queremos desarrollar una red de comunidades que conversen y piensen sobre el mundo del que somos parte, para entenderlo mejor  y ser mejores observadores de lo que acontece en él y lo que consideramos posible. Para comenzar nuestra conversación entendimos que debiamos  partir de  preguntas como ¿Qué es ser Comunidad? ¿Para qué ser comunidad? ¿Qué nos permite ser Comunidad? ¿Qué nos impide?

Sabemos que comunidad viene de comunión, de unión de lo común, sabemos que nacemos de una comunión y de nuestra naturaleza gregaria. El director de cine Roberto Rosellini señala que el fundamento de una sociedad es la Ley, pero el de una comunidad es el amor.    Podemos decir que si hablamos de comunidad hablamos del amor a algo, de un amor que nos une. Podríamos empezar a distinguir que no es por tanto por una mera conveniencia por lo que nos reunimos en comunidad, aunque alguien nos dirá que amar y ser amados es muy conveniente o que lo que nos una sea el amor a un propósito también es muy saludable y conveniente para el termómetro de nuestras alegrías y nuestra satisfacción más íntima y profunda.


Empiezo así a entender a Mintzberg y la importancia que exista un vínculo más sólido entre las personas que conformen una organización, empiezo a entender a los líderes que construyen comunidades en las que las personas no sigan simplemente sus propuestas por muy sugerentes que éstas sean, sino que construyan conjuntamente una visión y la vivan como propia, porque de esa construcción surge el auténtico compromiso.

Cuando compartimos valores y propósitos podemos dar cabida a la diferencia a sabiendas que nos enriquecerá, que nos hará más amplios, podemos ser flexibles sabiendo que lo importante no corre peligro y que esa flexibilidad permitirá que lo diferente se exprese.

Y esto porque, siendo cierto que nacemos en comunidades, en tribus o en familias, también en ese “calor” aparece en nosotros el impulso de la individuación, de nuestro propio espacio, de la diferencia. Cuando las comunidades eliminan lo  diferente surge la asfixia personal, cuando las sociedades promueven la competencia personal para sobrevivir surge el anhelo de volver a la comunidad.

Tal vez por eso, en un momento en que los sistemas políticos y sociales nos están llevando de la prevalencia de la economía de mercado al escenario de la sociedad de mercado, como lo plantea el profesor de Harvard Michael Sandel en su último libro “¿Qué no se puede comprar con dinero?” es que en el mundo empieza a expresarse una indignación, una insatisfacción emergente, un semáforo que nos alerta de que algo se está derrumbando.

Hoy cuando empezamos a darnos cuenta que el culto a los egos, que la lógica de competir, que la idea de que todo tiene un precio se impone, empezamos también a comprender de nuevo que algunos bienes  cuando tienen precio pierden su valor. Y ese valor nos resulta imprescindible para que la corrupción no nos arrase. Eso es lo que empezamos a sentir cuando la justicia tiene precio, cuando la democracia tiene precio, cuando la libertad tiene precio, cuando la dignidad tiene precio o la compañía, la educación, la salud, los momentos de felicidad y placer.

Vuelvo entonces a mi argumento para coincidir con Mintzberg. Dirigir organizaciones que construyan valor en el mundo en el que operan y perduren en el tiempo requiere de la creación de un valor interno que no se mida por el precio, por el logro a cualquier costo o porque el hombre sea un lobo para el hombre. Requiere del sentimiento de pertenencia a una comunidad en la que podemos expresarnos de forma diferente, ser individuos distintos y comuneros leales.

La clave parece ser compartir un sueño, construir relaciones personales de calidad basadas en valores y afectos y situarnos en el espacio de la abundancia.  Era más fácil, profesor Mintzberg, cuando nos organizábamos por funciones, procesos o comités a los que podíamos ir a lucirnos, pero reconozco que el desafío me produce un confortable calor por dentro.  

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