viernes, septiembre 04, 2015

El coaching y la literatura ( I)






Estoy convencido de que el coaching obedece a un intento de conectarse con la vida para mirarla de frente, más que a cualquier tipo de entrenamiento concreto, a no ser que ese entrenamiento sea el de la auto observación y  la escucha compasiva de lo que nos rodea. Por eso acepto la palabra coaching solo como una forma de entendernos en un mundo en el que alguien se adelantó para nombrarlo, aunque no fuese con tino, aunque metiese en un mismo saco interpretaciones muy distintas.

Por otra parte, leyendo literatura aprendí que cada personaje habla del mundo con la convicción de que lo describe y cuantos más personajes aparecen en el relato más mundos aparecen con ellos y más difuso el concepto de verdad. En eso la literatura es un espejo de la vida y muchas vidas son auténticas obras literarias.

Además dentro y detrás de la obra literaria hay un autor. Leer siendo consciente de eso, pensar en el autor y sus intenciones, a la vez que entramos en la vida de los personajes, da otra dimensión de la lectura. Relacionar esto con mi actividad de coach  fue inevitable. Mirar al coachee y tener presente que detrás de la historia hay un autor, un observador, decimos en el coaching ontológico, introduce otra dimensión en la escucha y al hacérselo notar a quien te habla (el mal llamado coachee) definitivamente abre posibilidades transformadoras y literarias.

“¿Verdad o Visión? La alianza entre realidad y literatura, entre  lo vivido y lo contado, es un matrimonio tan inquebrantable como tambaleante y fantasioso” dice Berna González Harbour en su artículo “La verdad, esa gran versión” para introducir su comentario sobre tres libros que hablan de la razón por la que escribimos historias, creamos arte o interpretamos signos, cuando probablemente sea porque no podemos evitarlo porque crear y destruir está en nuestra esencia humana, como perseguir la verdad y deformarla y querer que lo que llamamos realidad se adapte a nuestra verdad en una simplificación artística.

Mi afición por la literatura  ha sido siempre un recurso para el coaching, me ha permitido  decirle al coachee, “mira por un momento a este personaje que se llama como tú y declara esto y hace aquello e interpreta eso otro. Veamos cuan predecible es, por qué puede operar de este modo, cuán consistente puede o no parecer”. El mero hecho de distanciarse y verse otro abre muchas posibilidades para el rediseño.

No es trivial mirarse como el personaje de una novela y vernos en escenarios distintos y en la dificultad para mantener una coherencia. “Busquemos las inconsistencias declarativas”, animo a encontrar eso que llama Robert Kegan diferenciar los supuestos que mantenemos y los supuestos que nos mantienen y no darnos cuenta que pueden ser contradictorios, que están basados en una ceguera probablemente involuntaria y en el peor de los casos en la creencia de que no se va a saber, porque nuestro interior es invisible, ¡Ah, pero en la literatura como en la vida el alma se asoma a los ojos o se precipita por nuestras reacciones más espontaneas!

Este juego permite la conexión con ese terreno en que la vida y la literatura se encuentran y se produce una forma de fluir que en el coaching ontológico acostumbra a llamarse “danza” y que la psicóloga Anabelle Kustz citada en el mismo artículo, plantea como,  “Al terapeuta le interesa la verdad subjetiva o emocional y creo que esa verdad existe y que sabemos cuándo  entramos en contacto con ella. Cuando se materializa un aspecto de la verdad emocional, tenemos ese sentimiento de conexión y repercusión profunda, de que algo nos ha llegado muy dentro. Pero es una cosa imprecisa, difícil de describir y definir y fundamentalmente provisional y cambiante”.


Esos atributos de “provisional” y “cambiante” podrían ser considerados como insuficientes para establecer que cuándo ocurre en el coaching (que no es una psicoterapia) hemos entrado en un terreno fértil. Muy al contrario, creo que señalan un territorio de lo posible porque no hay muros de hierro dentro de nosotros, hay muros sí, pero tienen la forma imprecisa de las creencias que pueden contener dentro su formulación contraria, que nos hacen, por tanto, provisionales y cambiantes aunque aspiremos a un carácter sólido y sin resquicios.

Finalmente el coach guarda la intención de que el coachee se haga cargo de que su propia historia no ocurre porque debiera ser, sino porque quiere que sea o porque teme que llegando a ser otra se develen personajes internos que no está dispuesto a asumir por falta de coraje o por temor a una respuesta de incoherencia superior para él, la de aceptar el temor como el capitán de su vida.

Otra vez más el dilema entre el amor y el miedo al final de ese espejo que es la vida y de ese espejo de la vida que es la literatura

1 comentario:

Luciano RODRIGO dijo...

Y claro, tal como en la vidfa real, en la literatura el autor no siempre está conciente, no siempre es responsable, de todo lo que dijo o quiso decir. En cierto modo, su relato lo supera, va más allá de lo que creía o quería decir. En cierto modo, su relato ocurre y cobra existencia más allá del autor mismo, incluso a pesar de él. Y en la vida real, quiero decir no el mundo de la ficción (aunque la ficción es también real aunque de otra manera), a los seres de carne y hueso también lo vida nos ocurre más allá de nuestra propia "autoría" o conciencia de cómo va siendo frente a nuestros propios ojos y frente a la mirada de los otros.
En fin, me encantó el texto de Juan Vera y pienso que es muy alumbrador para quienes practican esta especia de arte que es el coaching.