miércoles, diciembre 14, 2016

Donald Trump una oportunidad para el coaching en el mundo


En el número 10 de la revista virtual argentina "Conversaciones de Coaching se publica mi artículo: "Donald Trump: una oportunidad para el coaching en el mundo" Lo incluyo a continuación.

La victoria de Trump nos ha estremecido ¿Por qué? ¿Qué significa este estremecimiento? El día 9 de noviembre la mayor parte de mis conversaciones empezaron hablando de lo que todos temíamos y acabó ocurriendo y quizás lo más notable fue comprobar que, más allá del desagrado por que saliera la opción no querida, prevalecía una sensación de presagio, de apaleamiento físico, la percepción de estar llegando al tramo final de un ciclo. La convicción de algo profundo que no estamos entendiendo.Ω 
En una entrevista reciente, el lacerante novelista francés Michel Houellebecq manifestaba que lo importante son las corrientes de fondo, no los fenómenos como el que representa el magnate estadounidense. El fenómeno observable es la punta de un iceberg, debajo están la acumulación de emociones, la profunda división, la pérdida de sentido de un proyecto colectivo, el deseo de volver a un pasado en el cual sentirse protegido prevaleciendo sobre el impulso de construir un futuro más abierto y grande y probablemente muchas otras cosas que no hemos sabido percibir hasta ahora.

Dos días antes de la victoria de Trump, el escritor y periodista británico John Carlin publicó en diversos medios de comunicación  el artículo “El problema no es Trump”, en el que planteaba que el auténtico problema es el trumpismo, esa inesperada masa de seguidores que han optado por creer en él,  más allá de la evidencia de sus mentiras y de sus comportamientos irrespetuosos.

¿Qué puede hacer que los seres humanos dejen en segundo plano esas evidencias? Las respuestas nos mostrarán sin duda que no estamos leyendo anticipadamente lo que germina y emerge y, sin embargo, parece que algunas se refieren a conductas que han estado presentes en la historia de nuestras civilizaciones.

Carlin recuerda una crítica en el New York Times respecto de la biografía más reciente de Hitler, escrita por el historiador alemán Volker Ullrich,  en la que puede leerse: “Lo que realmente da miedo en el libro de Ullrich no es que Hitler pudiera haber existido, sino que tanta gente parece haber estado esperando que apareciera”.

Algo no somos capaces de ver desde el lugar que lo estamos mirando y es por eso que planteo en el título de este artículo que el mazazo final de la victoria de Donald Trump puede ser una oportunidad para abrirnos a considerar la necesidad de afinar la escucha y no quedarnos con interpretaciones localistas y reducidas, especialmente quienes tienen posiciones de poder e influencia (¿Podríamos incluir aquí a los coaches?)

No es nuestra nación, ni nuestra empresa solamente, las que padecen este desconcierto y esta sensación de que algo no estamos analizando con suficiente información, es un fenómeno transversal que parece ser consecuencia de un conjunto de causas diversas, que configuran un sistema gaseoso en el que algunas bases de la convivencia o del equilibrio que se fueron construyendo en el pasado siglo se han diluido. La vejez de materiales se ha impuesto, aunque esos materiales tengan la categoría de valores.

El fenómeno, por tanto, no se reduce a los Estados Unidos y a su nostalgia de un far west redivivo, esa puede ser una interpretación reduccionista y peligrosa. Puede ser cómodo declarar a Trump y sus obsesiones los culpables de lo que nos pase a partir de ahora, pero también sería un grave error.

Sin remontarnos a años anteriores, el 2016 nos ha mostrado de forma acelerada la desconexión entre gobernantes y gobernados, el regreso  a valores de los primeros niveles de conciencia: la supervivencia y el miedo. Ejemplos como el de mi propio país: España, que fue un modelo de transición y diálogo y que durante 315 días se ha mantenido sin Gobierno después de dos elecciones infructuosas que han revelado visiones aparentemente irreconciliables del país que queremos y una escasa voluntad de dialogar. ¿Qué está pasando?

2016 nos ha traído el Brexit británico, en el que un Primer Ministro convoca un referéndum, seguro de que encontrará el apoyo para evitar la salida de la Comunidad Europea, seguro de que la vuelta a lo local va en contra de los tiempos modernos  porque caminamos hacia un mundo abierto y amplio. El resultado le llevó a la dimisión y al Reino Unido a tener que generar un proceso que tendrá altísimos costos económicos para su economía.

2016 trajo el No al largo y difícil acuerdo de Paz en Colombia que evidencia la dificultad para entender que un acuerdo no es un tratado de  rendición, la dificultad para el perdón y  la inclusión, pero en primera instancia la dificultad de su Gobierno para evaluar lo que era aceptable para su pueblo por una parte y el dilema sobre la representatividad de la democracia en que lo deja, por otra. Baste tener en cuenta datos como los siguientes; es cierto que  el 50,22% (una ventaja mínima) se decantó por el No, pero fue sobre una participación del 37,28% del censo electoral, lo que significa que al final un 18,7% de la población con derecho a voto puso en cuestionamiento a un Gobierno que alcanzó una votación favorable del 50,75% en el balotaje de elección presidencial.

Si salimos del mundo del poder político y miramos al de las organizaciones, nos encontramos igualmente con la sensación de una dificultad para lograr alineamiento estratégico entre sus directivos y sentido de pertenencia en sus trabajadores. A ello me referí  en el anterior artículo sobre la generación millennials. ¿Qué puede ser común en estas situaciones?

Quiero aventurarme con una teoría y es la del desvanecimiento del sentido de lo colectivo. Vivimos inmersos en la experiencia individual de la vida, pueden decirme que es la única que podemos tener, la diferencia es que en la manera que hoy se plantea el espacio para formar parte de un proyecto colectivo ha perdido vigencia. No cabe duda de que una sociedad volcada a la competencia y el éxito inmediato, en la que además se ha producido la caída de las instituciones que eran consideradas garantes de derechos, referentes morales o articuladoras de participación honesta,  ha empujado a un mayor individualismo y a entender la invitación al aquí y al ahora que aboga por la reconexión con nosotros mismos, como una ausencia de la dimensión de futuro y es precisamente en el futuro en el que los seres humanos ponemos nuestra apuesta de esperanza.

Si no tenemos esperanza parece lógico pretender resolver a cualquier precio cualquier síntoma de amenaza que vislumbremos, tengan estas forma, de musulmanes, mexicanos, latinos, inmigrantes europeos, líderes y partidos corruptos, exguerrilleros acostumbrados a las armas o cualquier otra representación del fantasma que creamos que nos aceche, sin importarnos el futuro (demasiado lejano) y la construcción de la capacidad de convivencia en diversidad que requerimos para él.

El desmoronamiento del futuro como una categoría en la que habita la esperanza resulta así una dimensión esencial para entender lo que está pasando y la reconstrucción del bien intangible que ella constituye, un propósito de primerísima importancia.

La victoria de Trump en un país que impacta de forma especial los equilibrios del mundo puede tener el lado positivo de ser causa de uno de los motivos por los que los humanos construimos proyectos colectivos, me refiero a la sensación de amenaza, a la visualización de que estamos en riesgo porque no nos hemos dado cuenta de nuestra necesidad de ser comunidad y de tener un proyecto colectivo. Lamentablemente la historia nos muestra que es más fácil aliarnos ante un enemigo común que en un escenario de bienestar.

¿Estábamos entonces morando en el bienestar? Si miramos los movimientos de indignación de los últimos años y las encuestas sobre el futuro, tampoco podríamos decir que si, ¿Por qué entonces hemos prevalecido en nuestro individualismo si estábamos indignados? Para responder tendremos que volver a la percepción existente de que las bases sobre las que construimos el equilibrio de las últimas décadas se han derrumbado. Ya no tenemos instituciones confiables y los intereses que mantuvieron nuestras alianzas se volvieron inestables.

En ese mundo de “sálvese el que pueda” requerimos conversaciones que generen vínculos. Para ello antes hay que abrirse a una escucha empática del sistema y posiblemente profundizar en el lugar desde el que miramos, escuchar desde lo que Otto Scharmer llama las fuentes, ese lugar que nos conecta con lo profundo y generoso, en el que podamos encontrar algo más grande que lo rápido y lo escaso, que sea más sencillo y menos calculado, mas Todo y menos excluyente.

Para llegar a ello tenemos por delante un largo camino de conversaciones significativas. El coaching a quienes tienen posiciones de influencia en el extenso territorio de la sociedad aparece como una alternativa para abrir posibilidades de observación, para descubrir nuevos caminos de aceptación y oferta, para escuchar lo que aún no oímos.

El asombro en que vivimos, las dudas sobre la forma en que la tecnología que nos conecta puede también desconectarnos, sobre el predominio de la inmediatez versus la reflexión, puede permitir que la ceguera cognitiva de paso a la aceptación de la ignorancia y desde ella reconocer que vivimos nuevos quiebres sobre los que desconocemos como actuar. Si así fuera (y esa es mi tesis) se configura un espacio de acompañamiento para la transformación y ese es nuestro trabajo.

1 comentario:

Juan Vera dijo...

JORGE MÉNDEZ, me envía un comentario por correo que creo interesante hacer público:

"Creo que el desafío es gigante y de todos nosotros.

Como humanos, hemos luchado por generaciones por un mundo con más libertades y participación.

Ahora nos queda por aprender que si esos nuevos espacios no vienen aparejados del desarrollo de nuestra capacidad de debatir, escuchar, mostrarnos humildes y receptivos, pueden volverse con facilidad en nuestra contra.

Parece que nos es mucho más fácil rechazar lo que nos incomoda o atemoriza, en vez de adaptarnos a un mundo que cambia. Nos es más fácil culpar a otros de los problemas que asumir nuestra propia parte del asunto. Mucho más fácil criticar, burlarme y desdeñar lo que existe o se propone, en vez de hacer el esfuerzo por construir y promover mis propias propuestas. Más fácil llenarnos de palabras que de gestos.

Y es ahí en cada una de estas cosas, que encuentro potencial de acompañarnos mutuamente: en señalar nuestros temores, en animarnos a salir de nuestras zonas de comodidad, en ser protagonistas, en escuchar al otro con respeto y humildad, en mostrarme vulnerable y transformar mis deseos en acciones.

Es por este motivo que siento tenemos más que nunca la urgencia de ser comunidad, para apoyarnos y crecer juntos en la convivencia y el respeto. Nos felicito y animo a todos a seguir en esta línea."