miércoles, diciembre 14, 2016

Donald Trump una oportunidad para el coaching en el mundo


En el número 10 de la revista virtual argentina "Conversaciones de Coaching se publica mi artículo: "Donald Trump: una oportunidad para el coaching en el mundo" Lo incluyo a continuación.

La victoria de Trump nos ha estremecido ¿Por qué? ¿Qué significa este estremecimiento? El día 9 de noviembre la mayor parte de mis conversaciones empezaron hablando de lo que todos temíamos y acabó ocurriendo y quizás lo más notable fue comprobar que, más allá del desagrado por que saliera la opción no querida, prevalecía una sensación de presagio, de apaleamiento físico, la percepción de estar llegando al tramo final de un ciclo. La convicción de algo profundo que no estamos entendiendo.Ω 
En una entrevista reciente, el lacerante novelista francés Michel Houellebecq manifestaba que lo importante son las corrientes de fondo, no los fenómenos como el que representa el magnate estadounidense. El fenómeno observable es la punta de un iceberg, debajo están la acumulación de emociones, la profunda división, la pérdida de sentido de un proyecto colectivo, el deseo de volver a un pasado en el cual sentirse protegido prevaleciendo sobre el impulso de construir un futuro más abierto y grande y probablemente muchas otras cosas que no hemos sabido percibir hasta ahora.

Dos días antes de la victoria de Trump, el escritor y periodista británico John Carlin publicó en diversos medios de comunicación  el artículo “El problema no es Trump”, en el que planteaba que el auténtico problema es el trumpismo, esa inesperada masa de seguidores que han optado por creer en él,  más allá de la evidencia de sus mentiras y de sus comportamientos irrespetuosos.

¿Qué puede hacer que los seres humanos dejen en segundo plano esas evidencias? Las respuestas nos mostrarán sin duda que no estamos leyendo anticipadamente lo que germina y emerge y, sin embargo, parece que algunas se refieren a conductas que han estado presentes en la historia de nuestras civilizaciones.

Carlin recuerda una crítica en el New York Times respecto de la biografía más reciente de Hitler, escrita por el historiador alemán Volker Ullrich,  en la que puede leerse: “Lo que realmente da miedo en el libro de Ullrich no es que Hitler pudiera haber existido, sino que tanta gente parece haber estado esperando que apareciera”.

Algo no somos capaces de ver desde el lugar que lo estamos mirando y es por eso que planteo en el título de este artículo que el mazazo final de la victoria de Donald Trump puede ser una oportunidad para abrirnos a considerar la necesidad de afinar la escucha y no quedarnos con interpretaciones localistas y reducidas, especialmente quienes tienen posiciones de poder e influencia (¿Podríamos incluir aquí a los coaches?)

No es nuestra nación, ni nuestra empresa solamente, las que padecen este desconcierto y esta sensación de que algo no estamos analizando con suficiente información, es un fenómeno transversal que parece ser consecuencia de un conjunto de causas diversas, que configuran un sistema gaseoso en el que algunas bases de la convivencia o del equilibrio que se fueron construyendo en el pasado siglo se han diluido. La vejez de materiales se ha impuesto, aunque esos materiales tengan la categoría de valores.

El fenómeno, por tanto, no se reduce a los Estados Unidos y a su nostalgia de un far west redivivo, esa puede ser una interpretación reduccionista y peligrosa. Puede ser cómodo declarar a Trump y sus obsesiones los culpables de lo que nos pase a partir de ahora, pero también sería un grave error.

Sin remontarnos a años anteriores, el 2016 nos ha mostrado de forma acelerada la desconexión entre gobernantes y gobernados, el regreso  a valores de los primeros niveles de conciencia: la supervivencia y el miedo. Ejemplos como el de mi propio país: España, que fue un modelo de transición y diálogo y que durante 315 días se ha mantenido sin Gobierno después de dos elecciones infructuosas que han revelado visiones aparentemente irreconciliables del país que queremos y una escasa voluntad de dialogar. ¿Qué está pasando?

2016 nos ha traído el Brexit británico, en el que un Primer Ministro convoca un referéndum, seguro de que encontrará el apoyo para evitar la salida de la Comunidad Europea, seguro de que la vuelta a lo local va en contra de los tiempos modernos  porque caminamos hacia un mundo abierto y amplio. El resultado le llevó a la dimisión y al Reino Unido a tener que generar un proceso que tendrá altísimos costos económicos para su economía.

2016 trajo el No al largo y difícil acuerdo de Paz en Colombia que evidencia la dificultad para entender que un acuerdo no es un tratado de  rendición, la dificultad para el perdón y  la inclusión, pero en primera instancia la dificultad de su Gobierno para evaluar lo que era aceptable para su pueblo por una parte y el dilema sobre la representatividad de la democracia en que lo deja, por otra. Baste tener en cuenta datos como los siguientes; es cierto que  el 50,22% (una ventaja mínima) se decantó por el No, pero fue sobre una participación del 37,28% del censo electoral, lo que significa que al final un 18,7% de la población con derecho a voto puso en cuestionamiento a un Gobierno que alcanzó una votación favorable del 50,75% en el balotaje de elección presidencial.

Si salimos del mundo del poder político y miramos al de las organizaciones, nos encontramos igualmente con la sensación de una dificultad para lograr alineamiento estratégico entre sus directivos y sentido de pertenencia en sus trabajadores. A ello me referí  en el anterior artículo sobre la generación millennials. ¿Qué puede ser común en estas situaciones?

Quiero aventurarme con una teoría y es la del desvanecimiento del sentido de lo colectivo. Vivimos inmersos en la experiencia individual de la vida, pueden decirme que es la única que podemos tener, la diferencia es que en la manera que hoy se plantea el espacio para formar parte de un proyecto colectivo ha perdido vigencia. No cabe duda de que una sociedad volcada a la competencia y el éxito inmediato, en la que además se ha producido la caída de las instituciones que eran consideradas garantes de derechos, referentes morales o articuladoras de participación honesta,  ha empujado a un mayor individualismo y a entender la invitación al aquí y al ahora que aboga por la reconexión con nosotros mismos, como una ausencia de la dimensión de futuro y es precisamente en el futuro en el que los seres humanos ponemos nuestra apuesta de esperanza.

Si no tenemos esperanza parece lógico pretender resolver a cualquier precio cualquier síntoma de amenaza que vislumbremos, tengan estas forma, de musulmanes, mexicanos, latinos, inmigrantes europeos, líderes y partidos corruptos, exguerrilleros acostumbrados a las armas o cualquier otra representación del fantasma que creamos que nos aceche, sin importarnos el futuro (demasiado lejano) y la construcción de la capacidad de convivencia en diversidad que requerimos para él.

El desmoronamiento del futuro como una categoría en la que habita la esperanza resulta así una dimensión esencial para entender lo que está pasando y la reconstrucción del bien intangible que ella constituye, un propósito de primerísima importancia.

La victoria de Trump en un país que impacta de forma especial los equilibrios del mundo puede tener el lado positivo de ser causa de uno de los motivos por los que los humanos construimos proyectos colectivos, me refiero a la sensación de amenaza, a la visualización de que estamos en riesgo porque no nos hemos dado cuenta de nuestra necesidad de ser comunidad y de tener un proyecto colectivo. Lamentablemente la historia nos muestra que es más fácil aliarnos ante un enemigo común que en un escenario de bienestar.

¿Estábamos entonces morando en el bienestar? Si miramos los movimientos de indignación de los últimos años y las encuestas sobre el futuro, tampoco podríamos decir que si, ¿Por qué entonces hemos prevalecido en nuestro individualismo si estábamos indignados? Para responder tendremos que volver a la percepción existente de que las bases sobre las que construimos el equilibrio de las últimas décadas se han derrumbado. Ya no tenemos instituciones confiables y los intereses que mantuvieron nuestras alianzas se volvieron inestables.

En ese mundo de “sálvese el que pueda” requerimos conversaciones que generen vínculos. Para ello antes hay que abrirse a una escucha empática del sistema y posiblemente profundizar en el lugar desde el que miramos, escuchar desde lo que Otto Scharmer llama las fuentes, ese lugar que nos conecta con lo profundo y generoso, en el que podamos encontrar algo más grande que lo rápido y lo escaso, que sea más sencillo y menos calculado, mas Todo y menos excluyente.

Para llegar a ello tenemos por delante un largo camino de conversaciones significativas. El coaching a quienes tienen posiciones de influencia en el extenso territorio de la sociedad aparece como una alternativa para abrir posibilidades de observación, para descubrir nuevos caminos de aceptación y oferta, para escuchar lo que aún no oímos.

El asombro en que vivimos, las dudas sobre la forma en que la tecnología que nos conecta puede también desconectarnos, sobre el predominio de la inmediatez versus la reflexión, puede permitir que la ceguera cognitiva de paso a la aceptación de la ignorancia y desde ella reconocer que vivimos nuevos quiebres sobre los que desconocemos como actuar. Si así fuera (y esa es mi tesis) se configura un espacio de acompañamiento para la transformación y ese es nuestro trabajo.

viernes, diciembre 09, 2016

Habilidades del Siglo 21



En la Revista de la Federación Iberoamericana de Asociaciones de Gestión Humana, en su primer número virtual se publica mi artículo "Habilidades del Siglo 21" que reproduzco a continuación.

Agradezco a la Junta Directiva de la FIDAGH por considerar mi aporte. 


Habilidades del Siglo 21

Hace unos meses escribí que estoy encontrando un quiebre recurrente en mis conversaciones de coaching a directivos: la dificultad para movilizar a los empleados y colaboradores y que  se generen vínculos de pertenencia. Una dificultad que me ha llevado a tratar de afinar mi reflexión, no sólo de lo que está pasando en el mundo del poder y la política con lograr  la capacidad seguimiento, sino de lo que sucede en el mundo de las organizaciones.

El diagnóstico habitual expresado por los analistas suele ser que es necesario un nuevo liderazgo, que es como decir que el seguimiento hoy no se produce por los mismos motivos que antes se producía ¿Cómo debe ser ese nuevo liderazgo? ¿Qué ha cambiado en el mundo? ¿Qué nuevas habilidades requiere el líder del siglo 21?

Son preguntas difíciles de responder, especialmente cuando estamos empezando a pensar que no nos queda otro camino que la aceptación de que hoy no es posible predecir el futuro con los datos que tenemos del pasado y eso implica aceptar un profundo vacío, poner en tela de juicio lo que hemos llamado conocimiento hasta ahora. Así de dramático, si el conocimiento era nuestra llave para abrir las puertas a nuevos escenarios, hoy ese paradigma lo estamos poniendo bajo sospecha.

Ni es fácil, ni solemos estar dispuestos a ello, aunque lo declaremos. Y sin embargo parece lógico que sospechemos de nuestro conocimiento, en la medida en que nos mantiene en esquemas interpretativos que no son capaces de capturar nuevas señales, que aparecen escritas en códigos desconocidos.

Si me baso en mi propio trabajo de consultor, dejando mi actividad como coach a un lado, los diagnósticos realizados en innumerables organizaciones privadas y públicas  alertan que las jefaturas producen más desencanto que mística, son considerados mas obstáculo, que palancas de desarrollo ¿Cómo salir de esta situación?

Hoy motivar no se basa en ofrecer estabilidad, o un proyecto desafiante, porque las nuevas generaciones no buscan estabilidad sino experiencias cambiantes y porque el proyecto común apela a un sentido de lo colectivo que choca con la prioridad de lo individual y genuino ¿Cómo motivar a quienes no buscan el vínculo? ¿Cómo retener a quienes no quieren quedarse?



Mi primera respuesta ha sido la de escuchar atentamente a esas nuevas generaciones, cuáles son los nuevos intereses, qué les mueven y eso porque, para dar motivos para adoptar una conducta, es importante conocer los propósitos y las escalas de valor de aquellos a quienes queremos movilizar hacia algo y porque esa determinada forma de ver el mundo y sus relaciones no es gratuita, es la consecuencia del sistema social en el que nacieron y que fue, por cierto, construido por quienes elevan o elevamos la protesta.

Desde un punto de vista práctico además, estudios como el de la consultora Deloitte establecen que en el 2.025 los llamados millenials constituirán el 75% de la fuerza laboral en el mundo desarrollado. Esto pone una especial urgencia en comprender y diseñar el camino de encuentro entre unos y otros.

¿Qué encontramos al observar lo valores de este inicio del siglo 21? No solo que la estabilidad no es la zanahoria conductista, tampoco la obediencia es un valor que se promueva en la sociedad (lo cual me parece afortunado), encontramos, sin embargo, la conexión permanente con múltiples estímulos, la caducidad de las cosas, el desequilibrio entre derechos y deberes, el requerimiento a que se reconozca que somos diferentes, genuinos e inclasificables. Todo está personalizado, las normas en entredicho. La desconfianza en instituciones, ideologías, y valores públicos es generalizada.

¿Cómo liderar en un mundo de estas características?

Tal vez una primera conclusión es que estemos llegando al momento es que el propio concepto de líder no describe la aspiración actual de quienes trabajan en las organizaciones y mi apuesta es que hay un nuevo requerimiento de facilitadores del encuentro creativo más que de jefes, de articuladores de intereses distintos, de conductores flexibles que inspiren al movimiento más que marquen un camino que no sabemos cuál es o que puede variar de forma muy dinámica.



Resuena la declaración del profesor Henry Mintzberg  en el Congreso de Recursos Humanos de Montreal en el 2.010 planteando que no se imaginaba empresas exitosas en el siglo 21 si no se convertían en comunidades, algo muy distinto a lo que planteara en su famosa obra “La estructuración de las organizaciones” de 1.984. Sin duda una comunidad se rige por códigos distintos.

Hay metáforas conocidas como la de “surfear la ola” que sirven para lo que estoy describiendo. Por eso me imagino que las empresas del futuro llevarán a sus directivos, que probablemente no se llamen así, digamos que llevarán a sus animadores (que viene de ánima = alma) a aprender surfing, a tirarse en parapente, a que sus cuerpos experimenten la capacidad del flujo ante lo desconocido e imprevisible, a practicar meditación y yoga, a escuchar con mente abierta, corazón abierto y voluntad abierta como propone Otto Scharmer, a leer poesía y desarrollar la serenidad. A moverse en el caos y su orden secreto, en la incertidumbre y el Big Data. A no refugiarse en ser expertos por un día, sino en formar comunidades de aprendizaje permanente.

Las habilidades del siglo 21 pueden parecerse más a las del Renacimiento que a las que enseñamos en las Escuelas de negocios del siglo 20, eso sí, con tecnologías digitales y la participación permanente en múltiples redes.

Puede ser entonces que esta sensación de que se ha fracturado la pirámide de las necesidades, planteada por Abraham Maslow y que el escalón de aceptación social a través de la pertenencia a un grupo se ha perdido en las organizaciones, deje paso a una comprensión más amplia y entendamos que deja de ser apasionante reducirnos a un pequeño grupo de referencia cuando la tecnología nos ofrece la posibilidad de formar parte del Sistema con mayores posibilidades de mantener la diferencia individual y una mayor libertad.

¿En que punto se encuentran la atracción de esa amplitud y la calidez de lo pequeño? Puede ser que esta sea una respuesta muy personalizada y que por lo tanto en ese programa de habilidades directivas hubiese que incluir las distinciones de coaching y alguna disciplina que nos abriese a entender cómo ser constructores de convivencia y de esperanza.

Lo que está claro es que dirigir es más difícil que nunca hasta ahora y que los nuevos animadores organizacionales se enfrentan a una profunda reflexión sobre su rol, sobre el mundo en el que operan, sobre las nuevas conversaciones que es necesario abrir en las organizaciones y a desarrollar los nuevos paradigmas que permiten a las personas vivir en un escenario incierto y sin horizonte.

En algunas de mis presentaciones incluyo una viñeta del humorista  español Andrés Rábago que firma como “El Roto”, en ella unos padres y un niño miran de espaldas desde la verja de un cierto acantilado. El padre dice ¿Os acordáis cuando había horizonte? Y el niño le responde ¿Cómo era Papi?



Probablemente era un mundo más describible, mas predecible, mas estructurado, pero nada nos dice que el futuro sin horizontes no se parezca más al Universo y la aventura a la que debemos enfrentarnos más sugestiva y apoteósica.

domingo, octubre 09, 2016

Vuelvo al Poder y la Política


De nuevo en el número 9 de la revista virtual "Conversaciones de Coaching" me dan la oportunidad de escribir sobre el tema que concita mi atención. Aquí lo reproduzco.

"Regreso de un viaje por España y Grecia y en ambos países, en cada conversación en las que ha salido el tema de la política y el poder sólo he recibido muestras de desencanto y cansancio, quejas y opiniones adversas. Llego a Chile y el panorama político es el más pesimista desde la llegada de la democracia. Tal vez esto ocurra porque fueron países en los que, bajo la opresión, se pusieron las expectativas en el poder de la política como el camino hacia la razón y las conversaciones de posibilidad.

Basta, sin embargo, mirar a naciones en los que no han estado presentes esas opresiones, como los Estados Unidos, para comprobar que la decepción es semejante y ante ella los ciudadanos (también los coaches) erróneamente, a mi juicio, dan la espalda a la política y se dejan llevar por sentimientos y emociones primarios.

¿Son éstos peores políticos que los de otras épocas? ¿Hay más corrupción que nunca hoy en nuestras sociedades? Antes de dar respuestas que no me corresponden quiero animar a otra mirada ¿Serán estos ciudadanos diferentes? ¿Tendremos otras expectativas sobre los que nos representan? ¿Serán posibles sueños comunes en una sociedad tan diversa?

En el mes de Agosto volví a tener la experiencia de facilitar el Programa “Coaching en la Política y el Poder”, esta vez en Santiago de Chile, al que asistieron un grupo de coaches de diversos países y esta misma semana intervine con este mismo tema en el Programa “Desafío Coaching 30 días” diseñado por Fernando Saenz Ford y mi impresión es que cuando miramos la situación desde un ángulo distinto y, no sólo, desde el representado que espera que quien le representa le adivine sus intereses, empezamos a ver la necesidad de interpretar la acción política más allá de los políticos que se presentan a las elecciones cada cierto número de años y a reconocer que la política está presente en la cotidianeidad y que somos parte de ella y por lo tanto de participar en las distintas instancias sociales que hoy tienen capacidad de influencia.

Vuelvo entonces a mi tesis estableciendo algunas contradicciones que me producen una dosis de perplejidad:

  • ·      Los coaches nos sentimos depositarios de un conocimiento especial para desarrollar y acompañar conversaciones transformadoras
  • ·      El mundo atraviesa un momento dramático desde el punto de vista de la falta de apreciación de los sistemas políticos, con los riesgos que esto supone.
  • ·      Cuando hablamos profundamente de Política no estamos apuntando a la actuación de los partidos y los poderosos sino a la mejora de nuestras condiciones de convivencia, a la necesidad de abrir las nuevas conversaciones que un mundo nuevo requiere.
  • ·      Son escasos los coaches que se han interesado por incursionar en el mundo de lo que podemos llamar político y al preguntarles suelen considerar que es un espacio en el que no tienen interés.


¿No es esto contradictorio? ¿Por qué ocurre? ¿A qué obedece? ¿Qué lo impide?



He ido elaborando interpretaciones diversas, desde la del autoreconocimiento de no poseer las distinciones de ese mundo, hasta la confusión de que el Coaching Político sólo pasa por procesos individuales con altos cargos que no consideran tener necesidad de él.

Sin embargo, desde el enfoque que les propongo, los coaches tienen ante sí el desafío de articular conversaciones en la sociedad que permitan nuevas interpretaciones colectivas y la posibilidad de volver a imaginar el futuro sin quedarse atrapados de un presente que nos decepciona.

Quiero decir que no es casualidad que en lugares tan diversos cunda el desencanto hasta el punto de que podamos hablar de una indignación globalizada ¿Qué la produce, si las causas parecen ser múltiples? Les invito a sospechar de argumentos manidos y recurrentes que traemos de un tiempo anterior. Por ejemplo  hablar de la velocidad de la dinámica de los cambios, de la capacidad corruptora del poder o de la falta de líderes

Hay algo en todo esto que, sin ser incierto, es una forma simplificadora y facilista que se ancla en la vieja mirada de la escasez:
o   Falta anticipación
o   Faltan valores
o   Falta liderazgo

Siempre falta algo, pero ¿Pasará algo más?

Antes de diagnosticar conviene reconocer que los ejes del escenario actual han cambiado profundamente como consecuencia de varias causas. Por ejemplo:

1.   La sofisticación de un ciudadano que se siente lleno de derechos, entre otros
motivos por el efecto positivo del hacer político que se propuso desarrollar ciudadanía.
2.   La educación basada en nuevas tecnologías que han abierto aprendizajes también nuevos que modifican nuestras vidas.
3.   El impacto de la propia grandeza humana y por el otro lado de su miseria.

Era más fácil hacer política contra el abuso y la dominación descaradas.

Era más fácil hacer política cuando las personas se encontraban en el espacio de la pertenencia global, es decir la humanidad quería identificarse con tendencias de coincidencia. Buscábamos lo común. No lo es tanto, cuando esa humanidad valora fundamentalmente su derecho a la diferencia.  Eso que Daniel Innerarity llama la Sociedad del Reconocimiento, para referirse a la fragmentación de preferencias que demandan el derecho a ser reconocidas. 

Creo que esta es una realidad que merece la pena ser considerada como una de las causas del momento actual en el que la política no nos convence, a la vez que mirado desde la perspectiva del poder, ejercerlo es una tarea realmente difícil.

Y esto porque esos fragmentos representan poder rompiendo la verticalidad que fue tradicional y el tablero que componen requiere de la facilitación de conversaciones sobre el propio sentido de la Política hoy, de la democracia y de la representación.

Vislumbro que este es un nuevo espacio para quienes nos llamamos coaches, posiblemente habremos de correr límites, de salir de ciertos moldes, de ser heterodoxos, pero la compensación puede ser invaluable: no construiremos carreteras o puentes, no seremos los artífices de un desarrollo urbano sostenible, pero seremos colaboradores de la construcción de bienes intangibles, como la Confianza, el Optimismo o la Esperanza. Esos parecen ser más necesarios hoy que los bienes materiales. ¿No creen que la tarea es cambiar la emocionalidad desde la que miramos la sociedad a la que pertenecemos? Todo lo que cabe en esa tarea es coaching político.

Entrevista en Radio Sentidos de Agentina





En el Programa: "Cambio, la palabra del Futuro" de Radio Sentidos de Argentina, me entrevistó hace unas semanas Lionel H Moraña. Hoy encuentro le entrevista en la Red.

viernes, octubre 07, 2016

Entrevista en México TV




Begoña García y Luis Fernando González, ambos colegas y presentadores de este Programa televisivo me entrevistan sobre Coaching Político.

Agradezco profundamente la oportunidad de insistir sobre un tema tan importante para mi.

lunes, agosto 01, 2016

Coaching al vínculo de una generación: Los Milenial

En el número 8 de la Revista virtual "Conversaciones de Coaching" se recoge esta columna de "El arte de dirigir", destacándolo en la portada

En los últimos meses ha aparecido un quiebre recurrente en mis conversaciones de coaching a directivos, que me ha llevado a tratar de afinar mi reflexión, porque voy creyendo en la vida que  las coincidencias nos avisan de algo.

El tema en cuestión es la dificultad de la que se ha venido a llamar Generación “Y” (aquellos nacidos entre 1.981 y 1.995 en los albores del cambio de milenio y que se hicieron adultos en él) para establecer vínculos de pertenencia con las organizaciones de las que forman parte. Por cierto, el juicio de dificultad viene expresado por quienes son sus jefes,  que habitualmente no corresponden a este grupo etario.

Para ellos el problema es relevante y declaran que los llamados Milenials  no  se comprometan con las organizaciones en las que trabajan, se ven de paso, aprovechan la estancia en una sala de tránsito del viaje de su vida . Se preguntan entonces: ¿Cómo motivar a quienes no buscan el vínculo? ¿Cómo retener a quienes no quieren llegar?

Desde luego mi primera respuesta ha sido la de escuchar atentamente cuáles son sus intereses, qué les mueve, cuál es su búsqueda; desde mi convencimiento de que para dar motivos a alguien para establecer una conducta es importante conocer sus propósitos y valores. No podemos movilizar sin comprender y en el caso que nos ocupa su forma de ver las organizaciones y las relaciones que en ellas se dan no es casual, es la consecuencia de la sociedad  en la que nacieron y que fue, por cierto, construida o mantenida por quienes elevan o elevamos la protesta.

Desde un punto de vista práctico además, estudios como el de la consultora Deloitte establecen que en el 2.025 constituirán el 75% de la fuerza laboral en el mundo desarrollado. Esto pone una especial urgencia en comprender y diseñar el camino de encuentro entre unos y otros.



¿Qué buscan los  Milenials? ¿Cómo son, qué valoran? Al caracterizarlos surgen algunos aspectos interesantes a tener en cuenta: son nativos digitales, es decir viven en la permanente conexión por uno o más medios, han desarrollado capacidades de multitarea que les permiten tener un sentido diferente del manejo de la atención y la secuencialidad de prioridades, han generado una asertividad vinculada a su carrera. No vienen a hacer grandes a las organizaciones, vienen a hacer grande su carrera. Podemos acusarlos de egoístas, pero no olvidemos que son hijos de un mundo en el que predominó el individualismo sobre lo comunitario.

El psiquiatra y profesor de la Universidad de Harvard, Robert Waldinger , que dirige un importante estudio sobre la felicidad en los adultos, iniciado hace más de 75 años, se refiere a una encuesta realizada por dicha Universidad a una muestra de la generación “Y”, en la que al preguntarles cuales son las metas de su vida, el 75% responde que quieren ser ricos y el 50% que quieren ser famosos. Parecen tener claro que como empleados ni serán ricos, ni serán famosos.

Se trata, además,  de una generación con una opinión muy crítica de lo que ocurre y lo que ven en el día a día, tienen un alto sentido de sus derechos y para ellos los presupuestos de los que parte la interpretación tradicional del quehacer presente tienen un valor relativo y pueden responder a una declaración obsoleta o que sólo pretende ser políticamente correcta.

Las ideas y las ideologías no tienen el mismo valor que tuvieron para las generaciones precedentes. La obediencia y las jerarquías están en entredicho, por lo tanto la ejecución en sí misma carece de valor, lo importante es ser protagonista del diseño de lo que se hace, participar y colaborar; seguir instrucciones no responde a sus expectativas. La experiencia misma constituye el valor y el compromiso social que pueda traer aparejada lo maximiza. Todo ello parece lógico dentro del encuadre de que son viajeros y no tienen previsto encontrar su “estación termini” en una empresa.

Cuando lo miramos así, el coaching al vínculo hay que hacérselo a quienes les dirigen ¿Qué puede
retener a quienes buscan experiencias más que estabilidad o cargos sino es la calidad de los desafíos y el valor de esas experiencias? ¿Qué puede vincular (aunque sea temporalmente) a quienes ponen bajo un velo de duda la validez de los discursos y los supuestos sino es el ejemplo presente de quienes les dirigen? ¿Cómo podemos dar respuesta, como organización, a esos intereses de manera que sean compatibles con los nuestros? ¿Qué podemos aprender de esa mirada y qué paradigmas podemos cambiar en nosotros para habitar un futuro que es más de ellos que nuestro? ¿Cómo remo con ellos y no contra ellos?

Por otra parte el fenómeno no es tan culturalmente sorpresivo si revisamos  pensamientos como: "Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son manipuladores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura” encontrado en una vasija de arcilla cuya antigüedad está datada hace 4000 años en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) o cuando Hesíodo decía – 720 años antes de Cristo -  “Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible”

Las nuevas generaciones han supuesto siempre una fractura en el pensamiento y en la práctica de las anteriores, la pregunta entonces, como propone el consultor Alain Cardon es ¿Cómo lograr no desmotivar? Porque parece que las maneras en las que las jefaturas ejercen su jerarquía dejaron de movilizar a quienes hoy se sienten dueños del presente. Es más, si me baso en mi propio trabajo de consultor, dejando el coaching a un lado, los datos que obtenemos dicen que las jefaturas producen más desencanto que mística, son considerados más topes que palancas de desarrollo ¿No será eso lo que deberemos mostrar si somos sus coaches? ¿Por qué deberían seguirte, qué les ofreces?




¿Tendremos que reinterpretar el concepto de vínculo, pertenencia o estabilidad? ¿Podremos ayudarles a resignificar la riqueza y la fama? Mi apuesta es que necesitamos volver a hablar de un proyecto común de futuro que no de por supuesto que en el pasado tenemos las respuestas. Las espirales nos grafican esa maravilla de volver al mismo punto cardinal desde una cercanía distinta. Puede ser que los colonos deban volver a ser exploradores. Hoy llegarán, eso sí, a otro lugar de la  misma selva pero con naves digitales y puede abrirse la posibilidad de que aborígenes y exploradores establezcan un nuevo trato.